18 marzo 2012

La Nasa en crisis

Paul Dye (Bemidji, Minnesota, 1958) es probablemente una de las personas que mejor conoce la NASA. Y nunca ha viajado al espacio: «Todos los que trabajamos en la agencia hubiésemos querido ir, pero mis problemas en la vista impidieron que fuera seleccionado como astronauta», recuerda Dye, director de vuelo y operaciones de la agencia espacial de EEUU en Houston, una labor crucial en cualquier misión espacial. Su cargo, asegura, le ha permitido disfrutar de muchas de las experiencias que viven los astronautas. 

Con casi 40 misiones a sus espaldas, de las que se siente «muy orgulloso», Dye ha sido testigo durante más de tres décadas de la evolución de la NASA, de sus grandes éxitos y también de los momentos más tristes, como las tragedias de los transbordadores Challenger, en 1986, y del Columbia, en 2003. Tras este último accidente, el ingeniero y piloto fue el encargado de coordinar la búsqueda de los restos de la nave: «He dedicado mi vida a la aviación y he perdido a amigos en accidentes. Lo aceptamos y sabemos los riesgos, pero nunca te acostumbras. Nosotros resolvemos problemas. En los simuladores entrenamos para cualquier fallo posible y lo solucionamos. Es muy doloroso cuando estás en el centro de control y no tienes control sobre los acontecimientos, cuando no puedes hacer nada», afirma. 

Junto con su colega, el veterano astronauta Stephen Robinson (Sacramento, California, 1955), Dye ha visitado Madrid esta semana para analizar el futuro de la exploración espacial y la situación actual de la agencia de EEUU, marcada por los recortes presupuestarios y la jubilación de la flota de transbordadores, que ha dejado a sus astronautas sin transporte propio y a expensas de las naves rusas Soyuz. 

Con Pedro Duque (Madrid, 1963) como maestro de ceremonias, los dos miembros de la NASA se reunieron con otros expertos del sector y estudiantes de Ingeniería de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) en unas jornadas organizadas por la Fundación Elecnor, de la que el astronauta español es director. 
Tanto Dye como Robinson restan importancia a la crisis que vive la agencia espacial: «He trabajado 36 años en la NASA y los presupuestos suben y bajan. Pero la llama nunca se ha apagado. Lleva encendida durante más de 50 años y así seguirá», afirma el astronauta durante su encuentro. 

Robinson, que ha volado cuatro veces al espacio a bordo de los transbordadores, tampoco cree que el hecho de que EEUU no disponga de un vehículo propio sea un gran problema: «Hace años que la NASA usa las Soyuz, unas naves muy seguras, para traer de vuelta a sus astronautas, así que no estamos ante un escenario totalmente nuevo». Asegura que el día que el Atlantis hizo su último aterrizaje, el pasado mes de julio, fue más una jornada de celebración que de tristeza: «Construir la Estación Espacial Internacional (ISS), pieza a pieza, ha sido un enorme proyecto que ha durado años. Una vez que el trabajo se completó con éxito, los shuttle ya no eran imprescindibles». 

La retirada de la flota, continúa, «ha sido una cuestión de dinero», pues su mantenimiento era muy caro: «Desde un punto de vista mecánico, claro que podríamos haberlos usado durante algunos años más. Pero estaban consumiendo el dinero que necesitábamos para desarrollar una nueva nave. No podíamos hacer las dos cosas, aunque nos hubiera encantado. Todo el mundo tiene un presupuesto limitado hoy en día», señala. Dye, por su parte, reconoce que a un apasionado de la aviación como él le produjo tristeza la jubilación de estas naves emblemáticas: «Pero tenemos que ir hacia adelante. A veces necesitas algo que te obligue a avanzar. Mientras teníamos los shuttle volando no había muchas razones para promover nuevos diseños. Y ahora la tenemos». El ingeniero considera muy positivo que las empresas privadas hayan entrado de lleno en el sector: «El espacio es muy caro, sobre todo al principio, como ocurrió con la aviación. Si queremos tener un futuro en el espacio no puede ser que sólo estén involucrados los gobiernos». 

Ambos admiten, no obstante, que sin vehículo propio, los astronautas estadounidenses tendrán menos oportunidades para ir al espacio. Ninguno se atreve a vaticinar cuándo habrá un sustituto del shuttle: «Si soy sincero, no tengo ni idea. Cualquier cosa que dijera sería una suposición», señala Dye. 

¿Y qué ambiente se vive en la NASA ante la incertidumbre sobre su programa espacial? «No sabemos lo que los políticos van a hacer, así que nosotros seguimos haciendo las fantásticas cosas que sabemos hacer. No encontrarás personas más dedicadas a su trabajo que las que están sentadas en el centro de control de la NASA, preparando las naves o diseñándolas. La gente está feliz de poder trabajar allí. Creo que si les pagasen su casa y la comida, la mayoría sería capaz de trabajar a cambio de nada», afirma Paul Dye. «Sigue siendo una de las agencias del Gobierno más valoradas, si no la que más. En la NASA pensamos que es muy importante que la gente sea y se sienta creativa. Pero nadie es tan importante como para que sea irreemplazable», aclara. 

Se podría decir que Paul Dye es estadounidense por los cuatro costados. Y no sólo por su llamativa corbata, estampada con los colores de su bandera, y su característico acento. Este «americano del medio oeste», como él mismo se define, ha pasado de considerar a los rusos como sus grandes rivales a colaborar con ellos y «a desarrollar lazos de amistad muy estrechos». Eso sí, «fue un choque cultural tremendo», recuerda. «Sin los rusos no habríamos podido construir la ISS en este plazo. Tengo un gran respeto por cómo hacen las cosas. Aprenden de nosotros y nosotros de ellos».

Tanto Duque como sus colegas de la NASA coinciden en valorar los esfuerzos de China en la carrera espacial. «Han entendido que invertir en investigación y en el espacio es una prioridad. En España, desgraciadamente, no ocurre así», afirma el astronauta español, quien tras reincorporarse a la Agencia Espacial Europea (ESA) después de disfrutar de una excedencia, intentará volver al espacio para una tercera misión. «Es positivo que los países se lancen a la conquista del espacio con objetivos pacíficos», afirma Robinson. «Queremos que todos los países tengan éxito», añade Dye. 

Esta semana, la agencia rusa, Roscosmos, ha propuesto ampliar la estancia de sus cosmonautas de seis a nueve meses (y posteriormente a un año) en la ISS con el objetivo de preparar misiones más largas. Pedro Duque y Stephen Robinson coinciden en subrayar que a la mayoría de los astronautas ya se les hace dura una estancia de seis meses. Consideran que un año es mucho tiempo para un ser humano, así que «tendría que estar justificado». Robinson cree que él aceptaría: «Se trata de hacer cosas que nadie ha hecho antes, por eso nos hacemos astronautas». Dye, por su parte, considera que «hay varias razones para considerar esta propuesta. El objetivo final es llegar a Marte, así que tenemos que aprender a sobrevivir 500 días en el espacio e investigar los efectos en la salud de los astronautas. Y la ISS es un fantástico laboratorio para hacerlo». 

«Aunque dependerá de la inversión que se haga, preparar esa misión nos llevará décadas», apunta Robinson, que prefiere no entrar en aspectos políticos. Como ingeniero, eso sí, considera que volver a la Luna «nos ayudaría a resolver muchos de los problemas que encontraremos en Marte». 

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