21 abril 2015

Historia que te dará que pensar

Alfonso Guerra González dobló El País, lo puso encima de una pila de dossiers y carpetillas de asuntos de Gobierno. Se acodó sobre la mesa de despacho. Lentamente, se quitó las gafas. Con el índice y el pulgar de la mano izquierda hurgó en sus secos lacrimales y le dió un intenso masajillo al «puente» de la nariz... No pensaba nada. 

Y lo pensaba todo. La frase que le venía a los labios era áspera y amarga: «También estos han entrado... No han podido, o no han querido, quedarse al margen... iYa están todos en la grasa! ¿Grasa? iUn chaparrón de mierda!». Finalizaba enero. Los ataques en prensa y radio arreciaban. El sabía, tenía información de «confidentes muy de fiar», que tal y cual periódicos iban a seguir sacándole «la manteca» al asunto de su hermano Juan. Se había pertrechado moralmente, dispuesto a «aguantar, como un estoico, la lluvia de mierda». Felipe, dos o tres días antes, le había comentado con tono senequista, entre paciente y resignado: «iYa escampará!». Pero no esperaba, ¿cómo iba a esperarlo?, que El País entrase también en el juego. 

Giró el sillón de alto respaldo hacia la izquierda y miró el busto de Machado, enpiedra berroqueña. Lo veía borroso. Volvió a colocarse las gafas. Nada. No se le ocurría nada. Nada que no fuesen las dos palabas terminantes: «Me voy». Cuando, en verano, Felipe González anunció que ésta sería la última vez que se presentaba a unas elecciones generales, y que era razonable abrir un debate para proveer su relevo, Alfonso Guerra, sin perder un momento, declaró en público que, si Felipe se iba, antes o al mismo tiempo él se marchaba también. El tema de la sucesión era como un Guadiana que de tramo en tramo aparecía, se ocultaba, volvía a aparecer... Cuando la «crisis Boyer», julio de 1985, en cierto momento de alta tensión, Alfonso planteó «o Miguel, o yo». Y, a partir de ese instante, Felipe se cerró en banda a la pretensión vicepresidencia) de Boyer.

Más adelante, a raíz del 14-D-88, fecha en la que Felipe tuvo, como quien dice, hechas las maletas, a más de darle ánimos, Alfonso le dejó bien claro que «si tú te vas, yo no me quedo». Fué entonces cuando González llamó a Narcís Serra y le comunicó que, después de pensarlo mucho con la mente fría, había considerado que... «tú eres el más indicado para sucederme al frente del Gobierno». Era una confidencia con radioactividad: desde esa hora, Serra se sintió «delfín», «hombre signado», «sucesor, a la espera». Los motivos de ese señalamiento eran bien consistentes: Narcís Serra había demostrado autoridad, «suaviter et fortiter» al mando de las Fuerzas Armadas... 

Sabía mantener tranquilizado y en orden a ese importante estamento, a ese fuerte y delicado colectivo. Posee una sólida formación de humanidades y de economía. Se conoce al dedillo los entresijos de la política exterior: ha viajado, ha tratado cuestiones de estrategia defensiva con los mandatarios de medio mundo. Como ministro de Defensa, ha sido el gestor y compravendedor de nuestra más importante dotación industrial: la armamentística... Y esa indicación de González a Serra quedó en suspenso, «sine die»... pero también sin un «olvídalo... ya veremos que nos deparan los acontecimientos», o alguna fórmula similar que convirtiese la «heren,ia prometida» en papel mojado. A Serra, y no a Solchaga y no a Solana y no a Almunia, es al único socialista a quien Felipe le ha confiado «el testigo» de «si yo me voy, sigues tú». Y no ha habido retractación. 

Casi un año después, el 5 de noviembre del 89, en una reunión celebrada en Ferraz-70, entre los responsables de la campaña electoral del 29- O, Guerra volvió sobre la cuestión de la marcha anunciada: «Esta ha sido mi última campaña... La próxima vez, yo ya no me encargaré de esto... aunque el futuro responsable está hoy aquí, en esta mesa». En torno a esa mesa se sentaban Guillermo Galeote, Roberto Dorado, Nacho Varela, Teófilo Serrano... Sin dar ocasión a «ruegos y preguntas», o a un directísimo «¡Alfonso, acláranos!», Guerra siguió hablando en registros crípticos: «El PSOE tiene un suelo, un voto fijo de seis millones, que nuestro próximo candidato habrá de mantener... al menos, hasta ese «suelo»... Felipe, en el momento en que volviera para ponerse al frente, recuperaría los otros dos millones». Ninguno de los presentes salió de aquella habitación con la idea de que ese «desenlace» estuviese a la vuelta de la esquina. Pero sí con la clarísima «noticia» de que el candidatosucesor sería un interino... un guardador de la silla de Felipe. O quizás ni eso: un líder de relevo, para «perder» y hacer deseable la vuelta de González.

Alfonso Guerra volvió a leer por encima la información de El País. No era nada del otro jueves. Lo importante, lo que en su fino instinto político encendía las luces rojas de alarma era que el periódico amigo, el periódico que tiene razones y motivos pesopesados para apoyar al Gobierno, se hubiese pasado «al bando de los agresores». Y ese fue el detonante, el avisador del «estado de emergencia». Guerra giró de nuevo sobre el sillón, pero esta vez hacia la derecha. Se encaró a la mesilla auxiliar donde están los ocho teléfonos. Marcó, por línea interior, los dígitos del despacho del presidente del Gobierno: «Presidente... Felipe... en cuanto tú puedas, quiero verte...».

Ya están a solas. Alfonso disimula su estado de atribulada indignación. Expone los hechos escuetamente, pero con contundencia de plomo: «Aquí ya no cabe esconder la cabeza bajo el ala... La realidad no se puede secuestrar, ni enclaustrar por más tiempo... Esto ha subido de nivel... Al afectarme, como vicepresidente, puede crear problemas al Gobierno... Sé que aún hay más artillería guardada y por quemar... Yo me siento en la obligación moral de plantearte...». González frena en seco el descoyuntado discurso de Guerra. «No me plantees nada... No sigas por ahí... No quiero oir lo que me intentas decir». La argumentación de Felipe discurre por una doble senda: ¿Qué ocurre?: «Es una ofensiva de la derecha, pidiendo paso»; y, ¿cómo responder?: «Hay que retomar la iniciativa». Para Felipe, se trata de una campaña «a lo bestia», agitada y orquestada por la derecha. «Y no sólo política...»: «Pero esto no va contra ti, Alfonso... Esto va, por elevación, contra mí, contra el partido, contra el Gobierno... iestos tíos quieren el poder y vienen a por nosotros».

Felipe ve a Alfonso dispuesto a hacer una salida «heroica» del escenario político. Le disuade: «Este Asunto se zanja explicándolo en el foro adecuado, el Parlamento». «¿Y a nuestra gente?». «iPues te montas lo que sea y les das una explicación a los militantes!». Ahí se improvisa la idea del mitin en Sevilla. A los pocos días, 1-F, cuando Alfonso sube las escalerillas hacia la tribuna de oradores, se agolpa en su memoria una escena similar: también Felipe le dejó solo frente al Parlamento, cuando tuvo que subir a explicar lo del «mystére». Guerra hace su inconvincente discurso. Se le ve incómodo y ausente del papel que le ha tocado representar. Felipe, en el escaño azul, oye las intervenciones de la oposición. No hay que ser muy sensitivo para percibir que la atmósfera está sobrecargada de electricidad. «Esto no se ha zanjado. Esto no amaina...». Felipe y Alfonso, aunque sentados juntos, no cruzan ni media palabra. Felipe sabe que, «tal como se han puesto las cosas, Alfonso no sigue...» Sin necesidad de convocar los recuerdos, pondera «dieciocho años de amistad y quince de servicios y sacrificios, por los que Alfonso nunca ha pasado factura». Es demasiada deuda. Hay que pagar. 

Es, entonces, cuando decide encararse a la prensa y decir a los cuatro vientos que Guerra & González son un tandem, dos piezas en una, un destino indisoluble: «Si consiguen que el vicepresidente dimita, yo me iré con él». ¿Cabe decir más? Después, al arrellanarse en el asiento del Mercedes azul diplomático, camino de la Moncloa, pensará con cierto alivio de conciencia: «He pagado... a lo grande». ¿Seguro...? ¿Acaso Felipe hubiera seguido en el Gobierno, sin tener a Alfonso «preparando los guisos en la cocina»?

29 noviembre 2014

Codigo descuento VODAFONE

Dejar sin internet a millones de usuarios en todo el mundo le saldrá muy caro a RIM, que ya tiene bastantes problemas con mantener a raya a la competencia. Pero por el momento, son las operadoras las que ayer daban la cara. 

Si en un principio desviaban toda la responsabilidad hacia el fabricante del móvil corporativo por excelencia, más tarde reconocían que deberán «estudiar bien la situación para después proceder», como indicó Vodafone.

Vodafone siempre está al tanto de todos los percances que pudieran sufrir sus clientes, es también la compañía que ofrece los códigos de descuento de Vodafone online.

El asunto es quién se hace cargo de las reclamaciones. Las asociaciones de usuarios señalan a las operadoras. «Si usted compra un televisor en una tienda y se avería, acude a la tienda, no al fabricante del televisor», explicaban en Facua. Tanto Telefónica como Orange o la propia Vodafone declaraban sus dudas sobre este punto.

Pero fuentes del Ministerio de Industria indicaron ayer que serán las operadoras las que deberán hacerse cargo del apagón de las Blackberry ante sus clientes. «La Carta de derechos de los usuarios de servicios de comunicaciones electrónicas obliga a las compañías a la continuidad en el servicio y al pago de indemnizaciones por interrupciones a los clientes que tengan contrato», explicaron en Industria. No hay exclusión de responsabilidad por fallos en los suministradores.

En concreto, la indemnización se calcula en función de la cuota de abono y otras cuotas fijas prorrateadas sobre el tiempo de interrupción, siempre que los cortes sumen más de seis horas entre las 8 de la mañana y las 10 de la noche, algo que se cumple en este caso. Así, en función del contrato que se tenga, las compensaciones varían entre 30 céntimos y 1,5 euros diarios en la factura del mes siguiente. «Una muestra -según Facua- de lo bajas que son».

RIM aseguraba ayer que el servicio se restablecería hoy. Pero ndió información sobre los usuarios afectados o la magnitud del problema en sus servidores. Al parecer, los fallos variaban en función del modelo de teléfono o los contratos, por lo que es difícil estimar cuál sería el coste de las indemnizaciones. 

La empresa cuenta con 70 millones de usuarios en todo el mundo de los que tres o cuatro se encontrarían en España. Eso sí, las operadoras no están dispuestas a pagar la factura y Orange, por ejemplo, reconocía ayer que sus servicios jurídicos ya estudian pedir posibles compensaciones al fabricante de Blackberry.

27 noviembre 2014

En las situaciones límite no hay amigos

También se reseñan los «útiles trabajos» que realizó los trece años que fue jefe del «G-2», el servicio de inteligencia panameño, sus suministros de armas a la «contra» antisandinista, e incluso sus desvergonzados tratos con los traficantes de droga del «cartel» de Medellín, desde que se hizo con el poder en 1983. 

En los datos correspondientes a su perfil psicologico hay una frase que destaca: «En situaciones límite no se amiga. Como hacía Al Capone, en los momentos difíciles reacciona como el jabali y se lanza al ataque». Si alguien debía haber previsto que el general Noriega no iba a entregarse facilmente eran los servicios de inteligencia norteamericanos. 

A fin de cuentas lo tuvieron en nómina durante décadas. Por si a los expertos que han aconsejado al presidente George Bush les quedaba alguna duda, bastaba que hubieran echado un rápido vistazo a los informes de lo que ocurrió en Panama el pasado 3 de octubre. Ese día, un grupo de oficiales encabezados por el mayor Mosisés Giroldi se levantó en armas contra el general. Lograron incluso sitiarlo en su despacho del cuartel general. Noriega debió ver muy cerca las tres horas que permaneció en poder de los sublevados, pero mantuvo el tipo. Cuando todavía Giroldi controlaba el acuartelamiento, en lugar de amilanarse, le insultaba. Le acusaba a voces de no tener «bolas» y le retaba gallardamente a disparar. 

Nunca ha quedado muy claro si fueron los gritos o la confusión del momento, pero lo cierto es que los golpistas no se atrevieron a ir hasta el final. Llegaron las tropas del «Batallón 2.000», fieles al dictador y la situación dió un vuelco. Después, algunos oyeron a Noriega, ya dueño de la situación, increpar a gritos a Giroldi: «¡Matate! ¡Matate o te mato yo!. El terrible general cumplió una vez más su palabra. 

Cuando los familiares de Moisés Giroldi levantaron la tapa del ataud para ver por última vez su cuerpo, se encontraron con un espectáculo espeluzanante. El cadaver apartecía literalmente taladarado de balazos, tenía resuqebrajado el cráneo y rotas las piernas y las costillas. La lenta y dolorosa agonía del oficial rebelde, en el cuartel del «Batallón 2.000» fue supervisada personalmente por el vengativo Noriega.

Entre accesos de rabia y botellas de ron, el general mandó sumariamente al otro mundo a más de medio centenar de soldados implicados en el frustrado golpe. En algunos casos, como en el del capitán Nicasio Lorenzo, uniendo el sarcarmo a la crueldad. En el caso de Hugo Spadafora, el ex viceministro de Salud de Torrijos que colaboraba con los sandinistas, eliminado por Noriega hace varios años, la salvaje tortura fue acompañada de la sodomización. Todos estos hechos son tan tenebrosos que ni siquiera a los obtusos asesores de la Casa Blanca se le pueden haber pasado por alto. En la puerta del despacho del general cuando era jefe del «G-2», colgaba un cartel que decía: «Si tu enemigo se rinde es porque no ha podido matarte». Noriega es un «amoral», pero resulta bastante «coherente». 

Haciendo reiterada gala de esa «filosofía» que le caracteriza, lo esperable, es que haga todo lo posible por denotar a los norteamericanos.

20 noviembre 2014

Lucinda atractiva y desamparada

Con esta su tercera novela, el escritor australiano Peter Carey ofrece su aportación original a una labor que estaba por hacer en la literatura: inventar Australia. En la segunda mitad del siglo XIX, Oscar, un joven clérigo anglicano, larguirucho y pelirrojo, cuya figura tiene «el desgaire de una pila de ramas secas amontonadas por el fuego», conoce a Lucinda, huérfana, bajita y atractiva, desamparada y rebelde. A los 18 años, Lucinda compra una fábrica de vidrio. A los 24, apuesta con Oscar toda su herencia a que él no conseguirá transportar por los territorios aborígenes la iglesia de cristal proyectada entre los dos. 

¿Cuál es la clave de esta rarísima historia? El vidrio, que a su vez simboliza la reunión, en un mismo cuerpo, de dos cualidades tan dispares como fragilidad y dureza. Cuando se le somete a temperaturas elevadas, el vidrio cambia de color. Primero blanco, luego rojo radiante. Según la presión que se le aplique, puede resquebrajarse o resistir, y si es vidrio verde de Melbourne, responderá de una manera y si es vidrio fabricado con arena blanca de Botany, lo hará de otra. 

Diversas muestras de este material paradójico atraviesan la novela como pistas que dejara el tema principal, a saber: el comportamiento de unos seres endurecidos y frágiles ante las pruebas de compresión que les propone el mundo inesperado. Teophilus Hopkins, temible padre de Oscar, predicador fundamentalista de principios estrictos y vida austera, es sin embargo un «adepto al sensualismo», que siente su blandura «como un temblor». 

Aunque divide a los hombres entre salvados y no salvados y cree literalmente que estos últimos arderán en el infierno, sus trabajos científicos sobre anémonas y coralinas emanan una desconocida transparencia. Oscar, un ser tan quebradizo que le suenan las rodillas al andar, lleva a cuestas la severa visión del mundo heredada de su padre. En cuanto a Lucinda, podemos atenemos a esta declaración de su mejor amigo: «Estaba admirado por su fuerza y conmovido por su fragilidad». Desde el principio sabemos que la iglesia de cristal llegó a su destino. 

No es la intriga de un final lo que nos hace seguir leyendo sino el privilegio de observar cómo reacciona el vidrio de cada personaje, cuál se resquebraja, cuál salta hecho pedazos, si hay por ventura alguno que no se rompe. Se ha comparado esta novela ganadora del «Booker Prize» en 1.988 con las de Charles Dickens, en atención a su estructura, amplitud y abundancia de personajes secundarios. La estructura de Oscar y Lucinda, sin embargo, me parece excepcionalmente rígida. El narrador, bisnieto de Oscar, carece de existencia propia, es solo un instrumento para crear la impresión de gesta concluída, con todas las piezas encajadas. De este modo, el autor se evita la tarea de trazar vínculos sutiles entre los capítulos. 

Bruscamente, cuando empezábamos a sumergimos en un suceso, somos desplazados a otra geografía y se nos impone la presencia de un personaje nuevo, simplemente por su calidad de jefe o fritura amante del protagonista. Ahora bien, como sucede con la iglesia de cristal, este armazón de hierro sostiene finas láminas traslúcidas, descripciones de laderas, hipódromos, muelles, abrazos, temperamentos, escritas en una prosa visual, resplandeciente de imágenes nuevas y al mismo tiempo, cortante, enumerativa, casi un «himno» a la yuxtaposición.

13 noviembre 2014

Talking Heads los más emblemáticos de los 80

A la imagen de David Byrne como artista interdisciplinar, reputado director cinematográfico, oscarizado compositor de bandas sonoras, no le cuadra en demasía el papel de chico rebelde y un tanto paranoico que lidera un conjunto de los que tocan en pequeños clubes para una audiencia fundamentalmente punk. 

Y, sin embargo, él es el cantante y cerebro de un grupo neoyorkino de los que se movían por el CBGB y que posteriormente logra abandonar la escena underground de la Gran Manzana para transmutarse en una de las bandas más emblemáticas de los ochenta: Talking Heads

Si existe alguna cualidad digna de reseñar en esta popband, ésta es la inteligencia a la hora de mezclar influencias tan diversas como la new wave, el funk, la música africana o el jazz, cuando han de ubicar cada sonido en su lugar exacto o cuando han de dotar de organización al descontrol. 

Esa claridad de ideas permite la creación de piezas tan memorables como Once upon a time o Psycho Killer y de introsprecciones tan poderosas como I zimbra o Life during war time. A partir de 1984, decae el aspecto creativo, iniciándose una domesticación de su música hacia pautas más digeribles. 

Esta decadencia ha culminado con su decepcionante Naked, lo que abre interrogantes sobre su futuro. Tom Tom Club, seudónimo de otros dos miembros del grupo, Chris Frantz y Tina Weymouth, editaron su último elepé con Lou Reed y Byrne, el cerebro, embarcado hacia más latas cimas, no sabe, no contesta.

06 noviembre 2014

Todos morimos alguna vez

Morir no es gran cosa. A todo el mundo le sucede alguna vez. Sólo es cuestión de paciencia. Carlos Arias Navarro pudo, por ejemplo, haber fácilmente muerto en aquel verano del 36, en el cual la violencia acumulada por un inmemorial odio de clases estalló por las calles de la Málaga rebelde. Eran tiempos en los que la vida humana no se cotizaba demasiado alto. No fue así. Sobrevivió a la cárcel, que, por dura que resultara, fue breve. Luego le toco a él decidir acerca de la vida y de la muerte de los otros. Y la cotización siguió bajando. No hizo uso personal de armas. Ejerció con competencia su función de fiscal de la Audiencia malagueña. 

Comunistas, anarquistas, simples republicanos, masones... Fue una carnicería espantosa que la ciudad no ha olvidado. Una generación entera de rojos fue ejemplarmente borrada de la faz de la provincia. No así de su memoria. Guardan para siempre, en su silencio, las ciudades huella de sus verdugos. Fantasmas o sombras en la lejanía de tiempos de los cuales no es posible ni hablar. Tiempo del exterminio sistemático, eficiente. Y, sin embargo, no es al ángel exterminador de la postguerra malagueña a quien guardaré, indeleble, en mi memoria. Ese no fue mi tiempo. 

Aunque su épica determinase esncialmente el propio mundo que sería el mío. La carnicería de Málaga es, al fin, para las gentes de mi edad algo que sucedió en la historia, que, como es sabido, es el tiempo exclusivo de los muertos. Escalofriante historia, que leímos en los libros y aprendimos a endosar en la cuenta infinita de la bestialidad humana. Lo otro no. Sucedió un 27 de septiembre de 1975. Los que estaban ante el paredón no habían sido aún trocados en héroes descarnados por el ala del relato histórico. La muerte en tiempo presente no deja lugar para el consuelo reparador de la leyenda. 

Los que murieron de espaldas al paredón tenían mis mismos años, vieron con mis mismos ojos un mundo idéntico al que yo veía, hablaron mi lenguaje -que es decir que sintieron exactamente del mismo modo en que yo siento, soñaron con mis mismos sueños en mis mismos panoramas urbanos. Eran los míos. Sin más. Y dejaron de existir de madrugada. Y yo sé -y sé que muchos de mi edad saben conmigo- que no olvidaré jamás aquella noche de septiembre. 

Él tramitó sus fusilamientos. No debió ser -para el viejo fiscal de Málaga- gran cosa. Un trámite menor, si se compara con la magnitud de aquello. Pero estos eran los míos. Simplemente. Serán necesariamente historia para otros. No para quienes teníamos entonces veinticinco años. Su muerte ahora nada cambia. No es gran cosa morir, a todos nos sucede. Y el pasado es atrozmente irredimible. Dice Borges que «sólo una cosa no hay, es el olvido».

30 octubre 2014

A Marcela Paoli le gusta despelotarse

Es la voz sensual, el rostro anguloso y el cuerpo tonificado de la célebre asesina Roxy Hart de Chicago. La última promesa en pulir su acento porteño para comerse la versión española del famoso musical de Broadway, en cartel desde el 27 de noviembre en la Gran Vía madrileña y hasta, de momento, el próximo mes de junio. 

Marcela Paoli (Buenos Aires, 1971) creció al frío de la dictadura de Videla, pero hoy encuentra sosiego en el público de la patria chica, que descubre atónita su excelso talento. La actriz no tiene billete de vuelta. «Aquí encontré al amor de mi vida», revela.

Pregunta.- ¿Era su sueño, como el de tantos argentinos, trabajar en España?

Respuesta.- Sí. A mí me gusta crecer personal y profesionalmente. Buenos Aires se me quedó pequeña. Sentí que no tenía motivaciones más allá de lo cultural...

P.- ¿Le influyó en su decisión el panorama político de su tierra?

R.- Creo que a mi país no se le atiende como se debería. Hay necesidades primarias y no tan primarias a las que se dan de lado.

P.- Aquí también se cuestiona a los Kirchner...

R.- Estoy cansada de la indolencia de los responsables del gobierno. El pueblo español sigue más de cerca a los políticos. Allí hemos tirado la toalla.

P.- ¿Qué diferencias encuentra entre la forma de trabajar en Argentina y en España?

R.- El nivel es el mismo. Acá y allá hay mucha gente talentosa, pero los proyectos se guían de forma distinta. En España hay más espíritu de equipo.

P.- ¿En qué otras Roxys se ha inspirado? ¿Quizás en el rol cinematográfico que interpretó Renée Zellweger?

R.- Éste es el papel soñado para cualquier actriz. Pero aún no he hecho cine, sólo escenarios. Me gusta especialmente Ute Lemper, una artista multifacética que también pinta, y también Ann Reinking.

P.- ¿Hay alguna actriz española con la que le gustaría trabajar?

R.- Me encantaría cantar con Ana Belén. La amo. Es una mujer extraordinaria (...). También me gustaría participar en una serie como Amar en tiempos revueltos.

P.-¿Pertenece a una saga de artistas como la de los conocidos exiliados Alterio o Botto?

R.- Mi familia nunca se dedicó profesionalmente a esto. Pero mi mamá participó antes de casarse en una escuela de ballet y mi papá formó parte de un cuarteto de música popular. Siempre tuve una veta por el arte.

P.- Parece una actriz muy disciplinada, ¿cómo se cuida?

R.- No soy nocturna. No fumo ni bebo alcohol, hago yoga y voy al gimnasio por temporadas. También ejercito la voz en casa. Para bajar la tensión, cuando llego a casa después de la función, ceno, me doy un bañito y me quito el maquillaje mientras charlo con mi novio.

P.- ¿Cómo valora su paso por la academia argentina de Operación Triunfo?

R.- OT vino a mi vida en un momento especial. Allí aprendí a dar clases. Me encantaría abrir aquí un taller de entrenamiento actoral y vocal.

P.- Gracias al programa saltó al papel couche...

R.-Sí (se ríe). Pero ya me había dado a conocer en los 90 en un programa infantil. También formé parte del elenco de Chicago en Argentina y ya allí hacía la cover de Roxy. Conocía muy bien la obra antes de venir.

P.- De su vida personal se sabe poco... ¿Hay algún episodio de la misma que merezca un musical?

R.- Estuve casada, pero me divorcié. Ahora estoy feliz, tranquila... emparejada con un español. Antes de venir aquí tenía un dinero ahorrado para comprarme un piano vertical. Pero en cuanto me enteré de las audiciones de Chicago en España preferí comprarme los pasajes. A los dos días de conseguir el papel de Roxy, encontré al amor de mi vida. Llevamos juntos desde julio.

P.- Entonces conoce bien al hombre español. ¿Qué le diferencia del argentino?

R.- Ambos son encantadores, pero ¡allí hay demasiado psicoanálisis!

P.- ¿Cumple con el tópico argentino de haber pasado por el terapeuta?

R.- ¡Síiiiiiii! (vuelve a reír). Lo tuve para conocerme más a mí misma. Como docente, me pareció fundamental para entender mejor a quienes me enfrentaba.