26 mayo 2015

Plácico, Pavarotti y Carreras en su concierto hortera

En honor de Carreras, Domingo y Pavarotti, que dieron un concierto hortera y apoteósico el pasado sábado, penúltimo día del Mundial de Italia, los corrieres de la sera hablan de «la noche de los agudos más bellos del mundo». Estos italianos no saben lo que se dicen, según mi amiga la Susi. Para agudos, los de Solchaga cuando se puso caballé en la reunión del comité federal del partiprí y alborotó la platea. Bravísima como una callas de orgullo y de pasión, a Solchaga le estalló el sentimiento lamermoor y reclamó para su labor, en el informe de gestión, honores de gran diva. 

A Solchaga las cuentas no le cuadran ni a la de tres, y ni la Susi ni yo nos cansaremos de repetirlo, pero, como diría cualquier brunilda en trance nibelungo, chata, por presumir que no quede. Naturalmente, Txiki Benegas dio rienda suelta a su impulso kiritekanawa (anda, hijo, dice la Susi, «kas» que no te falten) y gorjeó que el informe es un primor, por mucho que Solchaga se desmelene cual traviata entrometida. Fue entonces cuando Solchaga dijo aquello tan butterfly de: «Si mi querido compañero Benegas no lo ve, yo no puedo llevar la luz a sus ojos». Sublime. 

Los melómanos mortales no nos can saremos de aplaudir. Por supuesto, no le llegó a la suela del zapato la muy empastada intervención de Luis Yañez, con su incurable afición a exponerse como guapa riaccarelli, y que volvio a largar, antigua como el picú, el aria del encontronazo. 

Así que reconocerán que la Susi tiene razón. Los agudos verbeneros de esos tres tenorcetes asilvestrados que igual destrozan cielitolindos que occiciornias son nada, puros ladridos, en comparación con los encajes de voz, afilados como puñales, que se marcan nuestros ínclitos felipecónsules cuando se sienten sopranos. Dramática y temperamental, quizás un poco gorda, pero nimbada por la plata santoral de su cabello (los arrebatos líricos son de la Susi, que conste), la imagen gorgoritera de Solchaga animando la quermés con el chorro de su voz, flagelando a los fígaros puritani con su solo protestón, basta para arrasar en el bel canto. 

Claro que tampoco se puede desmerecer la voz dulzaina, remanguillé y kiwi de Txiki Benegas, extasiada a las primeras de cambio en un tremolo sostenuto, un poco revenido como el dogma del partido, pero en cualquier caso muy conmovedor. Y ya puestos a jalear, apreciemos también en lo que vale, si es que vale algo, la matraca donnamobile de Luis Yañez que, a lo mejor, acaba descubriéndose a sí mismo. ¿No andábamos quejándonos de que el partiprí es una monserga japonesa en la que nadie levanta medio tono la voz? 

Pues aquí está Solchaga desgañitándose y desgañitando medeas en este guirigay de agudos. Que siga el espectáculo. Porque yo no sé si el felipismo, dice la Susi, entusiasmada, dará en arena de verona o en termas de caracalla. Ojalá. Pero ya es algo, beibi, que empiece a convertirse en una jaula de grillos.

19 mayo 2015

Nkono uno de los mejores porteros de fútbol

Los porteros son una raza aparte y destinada a los extremismos. O constituyen el paradigma de la serenidad, o la viva imagen del desequilibrio. Un guardameta no admite las medias tintas. 

La portería es un recintoreducto demasiado sagrado como para confiársela a alguien que no esté dotado de sobrehumano equilibrio o no se vea distinguido con el estigma divino de la locura. En realidad, se trata de dos formas de designación sobrenatural; de la traducción de dos principios antitéticos, el hielo y el fuego, que en su disparidad se confunden y, en cierto modo, se complementan y armonizan. Los porteros son los más conservadores o los más rebeldes de los elementos humanos en juego. 

Lo reducido del territorio que defienden, y del que responden prácticamente con su cabeza, ejerce sobre ellos efectos narcóticos o estimulantes. Los nervios se duermen o se sensibilizan. Y ya tenemos ahí a tipos gélidos que contemplan el mundo exterior con los ojos entornados y, el entrecejo fruncido, o a sujetos hormigueantes que miran el verde paisaje con los ojos desorbitados y el cabello en desorden. 

En este Mundial, los porteros están generando muchas de las noticias o de las anécdotas. Pumpido ya está «con la pata quebrada y en casa». Dassaev es desterrado a su Siberia interior. Shilton bate todos los records de presencias internacionales. Zenga es el único que no ha encajado ningún gol en los tres primeros encuentros. Zubizarreta se metamorfosea en ángel de la guarda. Conejo une a su chistoso apellido una enternecedora devoción religiosa. NKono se muestra como un híbrido de águila, lagartija y canguro... E Higuita. El portero colombiano no se parece a ninguno de ellos. 

Ni siquiera estamos seguros de que sea un portero, sino un defensa retrasado o un chico de la calle que pasara por allí y se colocara bajo los palos porque no había otro o por una apuesta. Su apodo de «El Rana» le viene seguramente de su agilidad y de su aspecto general algo achaparrado, pero quizá también de la afición de los batracios a cantar a la Luna, aunque tan peculiar arquero sea, en realidad, lo contrario. O sea, un cantamañanas. Higuita semeja estar hecho de retales de razas. Es un popurrí de indio, negro y chino. Pero lo que de verdad parece es un pirata malayo , en el que la salgariesca crueldad se hubiese transformado en una dosis suplementaria de locura. Su apellido le cuadra. 

Se diría un diminutivo que exprese la puerilidad del personaje. Higuita ha traido al Mundial un fútbol de circo o de «comic». Pero no solamente en su vertiente divertida, sino en la emocionante y artística. Sus aventuras lejos del marco tienen -como en el circo y los tebeos- peligro, precisión y un final feliz.

12 mayo 2015

La elegancia de un torero

«Sus ojos paseábanse satisfechos sobre su persona, admirando el temo de corte elegante, la gorra con la que andaba por el hotel caída en una silla cercana, la fina cadena de oro que cortaba la parte alta del chaleco, de bolsillo a bolsillo, la perla de la corbata, que parecía iluminar con lechosa luz el tono moreno de su rostro, : y los zapatos de piel de Rusia dejando al descubierto, entre su garganta y la boca del recogido pantalón, unos calcetines de seda calada y bordada con las medias de una cocota. 

Un ambiente de perfumes ingleses, suaves y vaporosos, esparcidos con profusión, emanaba de sus ropas y de las ondulaciones de su cabello negro y brillante, que Gallardo se atusaba sobre las sienes, adoptando una postura triunfadora ante la femenil curiosidad. Para torero no estaba mal. Sentíase satisfecho de su persona. iOtro más distinguido y con mayor «angel» para las mujeres!...».

Eso era un torero y así describió Vicente Blaco Ibáñez a su Juan Gallardo, de «Sangre y arena». Rouben Mamoulian -que había nacido en Georgia, la de la Unión Soviética- al leer el retrato de un guión que, de la novela, había escrito Mr. Jo Swerling y que los chicos de la 20th Century Fox le dejaron en la mesilla de noche, no dudó en ponerle una cara: la de Tyrone Power. 

Pero hay otros toreros. «Era un mozuelo desmedrado, canijo y mal vestido, que se presentaba resuelto a jugarse la vida. "Los espectadores, viéndole tan poquita cosa, tan "senifiante", sintieron miedo e increparon a los toreros, a los "guindillas" del callejón y a sus colegas del Orden Público». También era un torero -«Currito de la Cruz»- y así lo retrataba su creador, Alejandro Pérez Lugín, «Don Pío», en el mundo de los toros y gallista de pro. 

«Como hombre era modelo de seriedad, circunspección y honrada conducta. Su natural rústico y tosco no excluía atisbos de caballerosidad ingénita, derivados de su carácter francamente hidalgo. Ni sintió la vanidad ni conoció la envidia. Se consideraba superior a todos sus compañeros, pero nunca hizo alarde de ello, ni incurrió en la ordinariez de humillarlos». Este era un torero de verdad, no de papel, nada menos que Pedro Romero, de Ronda. Que según Natalio Rivas -don Natalio- «llegó a los ochenta y cinco años sin sentir los achaques de la decrepitud y tuvo una muerte cristiana y ejemplar». Torero, toreador, diestro, taurómaco, espada, becerrista, novillero, picador, lancero, chulo, usía, mulillero, alguacilillo... Y quedan muchos más sinónimos, como lo demuestra la página 1078 de Sáinz de Robles, espejo y faro de lo peligroso que puede resultar un diccionario de lo que sea. Torero es toreador, es diestro y es espada. También es banderillero, rejoneador, matador, picador, peón -que no viene- o puntillero, pero no usía, capitalista o alguacilillo, que sí vienen. 

De los toreros hay muchos retratos y muchof0 escrito, desde las furibundas pinturas del entrañable Eugenio Noel -el torero es criminal, cejijunto, malencarado, chulo y sifilítico, y además origen de todas las desgracias del sufrido Ruedo Ibérico- hasta la descripción gloriosa que a Mamoulian -o a sus jefes de la 20th Century Fox- le llevó a pensar en la morena belleza de aquel mozo, Tyrone Edmund Power, nacido en Cincinnati (Ohio), que tuvo la extraña ocurrencia de morir en Madrid, en 1958, muy cerca de Nuestra Señora del Falso Mudéjar. De eso vamos a tratar, de los toreros, de los antiguos, de los que se esconden en la niebla de la leyenda o de los nuevos, quizá. Yo -en este caso el que hablará del cuento- sé algo por tradición, por lo que he oído y por lo que he leído o incluso leo. 

Sientó muchísimo utilizar la primera pesona -y hace falta ser ególatra para llamar primera persona a yo, cuando debiera ser la madre o el rey- aunque ya que estamos, así es. De muy pequeño me llevaron a los toros y fueron los responsables mi padre, mi abuelo Luis y también mi abuelo Federico Oliver, que escribió de toros, le gustaban los toros e hizo una comedia -o tragicomedia, decía él- antitaurina o tal vez antihispanocostumbre, llamada «Los semidioses». Pero fue la familia Mejías -los Bienvenida- quien me enseñó a ver los toros por dentro, con amor y sin vergüenza, sobre todo Antonio y el «Papa Negro» y Manolito, al que este niño, que ya es rancio, jamás olvidó.

Y hubo otro, un viejo y estirado amigo de mi abuelo, amigo también de academias y uniformes -don Natalio Rivas- al que oí hablar de toros, y curiosos personajes, que estuvieron en el medo, como Angel Carmona, «El Camisero» o Domingo Uriarte, que tenía un parietal de platino y fue artista «naif», o Simón. Zorrilla, pintor de puertas y paredes que quiso ser torero y debutó en Zaragoza o Emilio Serrano, sólo un aficionado que me daba un duro cuando era niño, don Paco Segovia -el caballero sin corbata- suegro de «Fortuna»: el que mató un toro en la Red de San Luis, o el mismísimo Gaona a quien vi en el Café Recoletos, riéndose con las cosas del Papa Negro y de Domingo Dominguín, el padre. De todos, de los toreros,. me gustaría contar algo. De lo visto, de lo sentido, de lo leído y de lo soñado, al menos ahora mientras suena el clarín y de rebote, copiando a la historia.

05 mayo 2015

Pablo Motos se cree gracioso

Hay un conducto, un túnel apenas perceptible, que une el grupo Telecinco-Cuatro con la cadena rival Antena 3. La red de El hormiguero comunica bajo tierra la televisión española. El programa sale de nuevo a la luz esta noche por el canal de Planeta, el destino elegido por Pablo Motos entre «ofertas de todas las cadenas», según las palabras del presentador que lidera este proyecto coral, en el que caben humoristas, magos, científicos, bichos de trapo como Trancas y Barrancas y, desde esta temporada, especies inclasificables como Mario Vaquerizo y Santiago Segura.

«No nos hemos quedado con la posibilidad más fuerte económicamente», resalta Motos en respuesta a Paolo Vasile, consejero delegado de Mediaset España (Telecinco-Cuatro), quien le acusó de pretender ganar «una cantidad indecente» de dinero a cambio de su continuidad.

Motos asegura que, desde la lejanía, la relación es cordial con el directivo, que le felicitó el primero esta semana, aunque no por su próximo estreno en Antena 3, sino por su cumpleaños. «Siento un hormigueo que no me deja dormir», confiesa Motos ante el debut. Además, su productora, 7 y acción, también controla la otra movida de Florentino Fernández, que ha tomado el mismo camino de Mediaset al grupo Antena3, en concreto al canal juvenil Neox.

Jorge Salvador, fuera del encuadre de los fotógrafos, representa la cara oculta del proyecto, responsable directo del factor diferencial de El hormiguero: la capacidad de meter en su pequeño mundo a grandes estrellas internacionales.

«Hay varios secretos: llevar años haciéndolo y tratar bien al invitado. Si traes a un invitado de ese nivel y te pide que no hables de tal tema, que no quiere hacer tal cosa y que se tiene que ir a cierta hora... Si lo cumples, volverá», detalla Jorge Salvador.

Hollywood, como un patio de vecinos, funciona por el boca a boca. «Will Smith estuvo hablando con Adam Sandler y éste convenció al actor The Rock. Ésa es una minicadena, pero hay otras: Elsa Pataky, cuando vino, convenció a Vin Diesel y a su marido, Chris Hemsworth, el protagonista de Thor».

Entre los invitados nacionales, destacó la parada de Fernando Alonso en el plató de El hormiguero -y no en el show del cómico Andreu Buenafuente, aunque La Sexta emite el Mundial de Fórmula 1 en el que compite el piloto-. «Hubo que trabajarlo mucho. Vino en avión privado aquí y se fue. Nos dio fecha con seis meses de antelación y lo cumplió», recalca el productor.

El director Santiago Segura, que conducirá una sección quincenal en la que Motos y él emularán escenas cinematográficas de acción, resuelve: «A los famosos les dan un dossier y les piden que elijan. Les dicen: 'Aquí despellejan a un bailaor porque lo han pillado en la playa. ¿A qué programas irías?. Los espacios de invitados han desaparecido en la televisión española».

Mario Vaquerizo, con tatuajes de calaveras, una camiseta que reza en inglés Sexo, drogas y rock & roll y «ser famoso» como objetivo profesional, cree que encaja en este programa, más blanco que rosa: «Quedarse con los estereotipos resulta muy pobre. Soy una persona muy familiar: me encanta ir a comer con mi suegra, merendar con mi tía Elena y tener reuniones con mi abuela paterna».

La familia del formato, por el que han pasado Sylvester Stallone, Mel Gibson y Miley Cyrus, entre muchos otros, aumentará esta noche con la presencia de Antonio Banderas, el primero de una larga lista de invitados que incluye esta temporada a David Guetta, Hugo Silva, Cesc Fábregas, Lenny Kravitz y Víctor Valdés. Todos ellos saben que estas hormigas, tan mullidas que no pican, constituyen una rara avis entre los géneros que acoge la televisión española.

28 abril 2015

Los padres las visten como putas

Cómo sabía yo que esta niña tenía 10 años? ¿Cómo podía yo saberlo? La culpa es de los padres, que las visten como putas». Es una frase ya clásica del humor negro ibérico que sería, por ejemplo, inconcebible en Estados Unidos, o incluso en la cada día más políticamente correcta España. Pronunciada por Santiago Segura en su papel de político pedófilo, es una más de las joyas de la película Airbag, de Juanma Bajo-Ulloa, que en su época fue la más taquillera de la historia del cine español.

Desde el 3 de abril pasado, sin embargo, un grupo de chicas ha decidido asumir plena responsabilidad de su vestimenta. No es que sus padres las vistan «como putas». Es que ellas están orgullosas de vestirse como «guarras» (sluts, en los países anglosajones) y, en los hispanohablantes, como México y Nicaragua, directamente, como «putas». Y, para dejarlo claro, se manifiestan. 

Son las Slut Walks, manifestaciones de mujeres que visten ropa que podría considerarse como provocadora contra el acoso sexual y corean eslóganes de la talla de «Alerta, alerta que camina, la Marcha de las Putas por América Latina», como fue el caso del evento en el que tomaron parte varios cientos de mujeres, niñas -y también algunos hombres- en la manifestación del domingo pasado en Ciudad de México.

Por ahora, ya hay 11 países en los que ha habido al menos 42 Slut Walks. Sólo en Canadá, donde nació el fenómeno, ya llevan ocho. En EEUU, unas 20. Hay incluso una convocada en Bishkek, la capital de Kirguistán, una ex república soviética situada entre China, Tayikistán, Uzbekistán y Kazajistán.

Todo empezó por una frase similar a la de Airbag. Fue el 24 de enero, en una charla sobre seguridad y delincuencia en la Escuela de Derecho Osgodee, en la Universidad de York, en Toronto (Canadá). Apenas había 10 personas en el aula escuchando a un policía hablar cuando, por alguna razón, al agente Michael Sanguinetti se le cruzaron los cables: «Mirad, creo que estamos mareando la perdiz. Me han dicho que no lo diga, pero las mujeres no deben vestirse como guarras si no quieren que las maltraten».

El comentario de Sanguinetti fue el detonante de las Marchas. El agente se ganó una sanción, y dos jóvenes de Toronto -Sonya Barnett y Heather Davis- convocaron la primera autoproclamada Marcha de las Guarras a través de Facebook para el 3 de abril frente a la comisaría de Policía de Toronto. En total, 1.700 personas de ambos sexos se apuntaron a través de internet. Pero el día de la manifestación acudieron casi el doble. Las Marchas acababan de nacer. La idea era muy simple: vestir -o ir casi desvestidas- no es provocar.

Pero, aunque Barnett y Davis se han declarado «encantadas» con el éxito de su iniciativa, ésta no salió como habían planeado. «No esperamos que la gente venga con tacones de aguja ni nada por el estilo», declaró Barnett al diario Toronto Observer. Se equivocó. El domingo 3 de abril una buena parte de las asistentes a la manifestación vestía minifaldas y tacones.

A medida que las marchas se han ido extendiendo hacia climas más cálidos, y que la primavera ha ido progresando, las Marchas de las Guarras han ido perfeccionando un cierto tipo de uniforme, basado en ponerse en ropa interior, o vestir camisetas con los mayores escotes posibles, o microminifaldas, mientras se portan pancartas con eslóganes que reivindican el derecho de las mujeres a vestir como quieran sin que eso se considere una invitación a la agresión sexual.

Lo cual a su vez muestra la hipersexualización de la vida diaria. Y, para algunas feministas, cómo la estética de la pornografía y de la prostitución se ha acabado entremezclando con la sexualidad de las mujeres del siglo XXI. Como ha escrito la profesora de la Universidad de Wheelock Gail Dines, autora del libro Pornland, en el que ataca a la industria de la pornografía, «las imágenes del porno no se encuentran en esos materiales que llamamos pornográficos. Han emigrado hoy a la cultura popular. Bien sea [la cantante] Miley Cyrus en la revista Elle abierta de piernas y vestida con estética sadomaso o la revista Maxim con un reportaje de Las doce mejores estrellas del porno, estamos inundados con imágenes, mensajes e ideologías que promueven el porno».

Las Marchas de las Guarras se han convertido, para algunas feministas, no en un símbolo de liberación, sino en todo lo contrario: en una señal de la cosificación de las mujeres. Este mismo año, un grupo de estudiantes varones se manifestaron en el campus de la ultraexclusiva Universidad de Yale después de una juerga al grito de «"No" es "sí"; "sí" es sexo anal», en referencia a sus reacciones ante la actitud de las chicas cuando les proponen tener relaciones sexuales.

Así, la estética del porno, que a su vez es en muchos casos heredera directa de la de la prostitución, ha acabado copando toda la cultura, hasta tomar al asalto el feminismo. Y distorsionando de paso las actitudes sexuales de mucha gente. Como dijo en 1963 el escritor Nelson Algren, «Playboy no vende sexo, vende una forma de escapar del sexo». Esas imágenes sexualizadas pero sin sexo son las que se han convertido en la forma de vestir que reivindican las Slut Walk. Desde que Britney Spears logró imponer una estética de slut, es virtualmente imposible que una cantante o actriz logre el éxito sin vestirse o actuar -a veces, literalmente, como en el último vídeo de Shakira- como una stripper o una prostituta.

Hace cuatro años la venerable revista The Atlantic Monthly explicaba ese fenómeno analizando las revistas eróticas de EEUU. Así, Playboy explicaba a un lector en 1971 que sus dudas acerca de la honestidad de casarse con su novia, a pesar de que ésta tenía los pechos más pequeños de lo que a él le gustaba «no es una cuestión de honestidad, sino de madurez. Un matrimonio es algo más que la suma de las partes anatómicas, y depende del respeto, de la compatibilidad y del amor». En 2007, sin embargo, FHM se arrancaba con titulares del estilo «Ahora alguien puede montar a algo más idiota que tu hermana».

En todo caso, el fenómeno lanzado por Barnett y Davis tras el comentario del agente Sanguinetti tiene un sentido claro: a muchas chicas hoy no las viste nadie «como putas». Se visten ellas solas.

21 abril 2015

Historia que te dará que pensar

Alfonso Guerra González dobló El País, lo puso encima de una pila de dossiers y carpetillas de asuntos de Gobierno. Se acodó sobre la mesa de despacho. Lentamente, se quitó las gafas. Con el índice y el pulgar de la mano izquierda hurgó en sus secos lacrimales y le dió un intenso masajillo al «puente» de la nariz... No pensaba nada. 

Y lo pensaba todo. La frase que le venía a los labios era áspera y amarga: «También estos han entrado... No han podido, o no han querido, quedarse al margen... iYa están todos en la grasa! ¿Grasa? iUn chaparrón de mierda!». Finalizaba enero. Los ataques en prensa y radio arreciaban. El sabía, tenía información de «confidentes muy de fiar», que tal y cual periódicos iban a seguir sacándole «la manteca» al asunto de su hermano Juan. Se había pertrechado moralmente, dispuesto a «aguantar, como un estoico, la lluvia de mierda». Felipe, dos o tres días antes, le había comentado con tono senequista, entre paciente y resignado: «iYa escampará!». Pero no esperaba, ¿cómo iba a esperarlo?, que El País entrase también en el juego. 

Giró el sillón de alto respaldo hacia la izquierda y miró el busto de Machado, enpiedra berroqueña. Lo veía borroso. Volvió a colocarse las gafas. Nada. No se le ocurría nada. Nada que no fuesen las dos palabas terminantes: «Me voy». Cuando, en verano, Felipe González anunció que ésta sería la última vez que se presentaba a unas elecciones generales, y que era razonable abrir un debate para proveer su relevo, Alfonso Guerra, sin perder un momento, declaró en público que, si Felipe se iba, antes o al mismo tiempo él se marchaba también. El tema de la sucesión era como un Guadiana que de tramo en tramo aparecía, se ocultaba, volvía a aparecer... Cuando la «crisis Boyer», julio de 1985, en cierto momento de alta tensión, Alfonso planteó «o Miguel, o yo». Y, a partir de ese instante, Felipe se cerró en banda a la pretensión vicepresidencia) de Boyer.

Más adelante, a raíz del 14-D-88, fecha en la que Felipe tuvo, como quien dice, hechas las maletas, a más de darle ánimos, Alfonso le dejó bien claro que «si tú te vas, yo no me quedo». Fué entonces cuando González llamó a Narcís Serra y le comunicó que, después de pensarlo mucho con la mente fría, había considerado que... «tú eres el más indicado para sucederme al frente del Gobierno». Era una confidencia con radioactividad: desde esa hora, Serra se sintió «delfín», «hombre signado», «sucesor, a la espera». Los motivos de ese señalamiento eran bien consistentes: Narcís Serra había demostrado autoridad, «suaviter et fortiter» al mando de las Fuerzas Armadas... 

Sabía mantener tranquilizado y en orden a ese importante estamento, a ese fuerte y delicado colectivo. Posee una sólida formación de humanidades y de economía. Se conoce al dedillo los entresijos de la política exterior: ha viajado, ha tratado cuestiones de estrategia defensiva con los mandatarios de medio mundo. Como ministro de Defensa, ha sido el gestor y compravendedor de nuestra más importante dotación industrial: la armamentística... Y esa indicación de González a Serra quedó en suspenso, «sine die»... pero también sin un «olvídalo... ya veremos que nos deparan los acontecimientos», o alguna fórmula similar que convirtiese la «heren,ia prometida» en papel mojado. A Serra, y no a Solchaga y no a Solana y no a Almunia, es al único socialista a quien Felipe le ha confiado «el testigo» de «si yo me voy, sigues tú». Y no ha habido retractación. 

Casi un año después, el 5 de noviembre del 89, en una reunión celebrada en Ferraz-70, entre los responsables de la campaña electoral del 29- O, Guerra volvió sobre la cuestión de la marcha anunciada: «Esta ha sido mi última campaña... La próxima vez, yo ya no me encargaré de esto... aunque el futuro responsable está hoy aquí, en esta mesa». En torno a esa mesa se sentaban Guillermo Galeote, Roberto Dorado, Nacho Varela, Teófilo Serrano... Sin dar ocasión a «ruegos y preguntas», o a un directísimo «¡Alfonso, acláranos!», Guerra siguió hablando en registros crípticos: «El PSOE tiene un suelo, un voto fijo de seis millones, que nuestro próximo candidato habrá de mantener... al menos, hasta ese «suelo»... Felipe, en el momento en que volviera para ponerse al frente, recuperaría los otros dos millones». Ninguno de los presentes salió de aquella habitación con la idea de que ese «desenlace» estuviese a la vuelta de la esquina. Pero sí con la clarísima «noticia» de que el candidatosucesor sería un interino... un guardador de la silla de Felipe. O quizás ni eso: un líder de relevo, para «perder» y hacer deseable la vuelta de González.

Alfonso Guerra volvió a leer por encima la información de El País. No era nada del otro jueves. Lo importante, lo que en su fino instinto político encendía las luces rojas de alarma era que el periódico amigo, el periódico que tiene razones y motivos pesopesados para apoyar al Gobierno, se hubiese pasado «al bando de los agresores». Y ese fue el detonante, el avisador del «estado de emergencia». Guerra giró de nuevo sobre el sillón, pero esta vez hacia la derecha. Se encaró a la mesilla auxiliar donde están los ocho teléfonos. Marcó, por línea interior, los dígitos del despacho del presidente del Gobierno: «Presidente... Felipe... en cuanto tú puedas, quiero verte...».

Ya están a solas. Alfonso disimula su estado de atribulada indignación. Expone los hechos escuetamente, pero con contundencia de plomo: «Aquí ya no cabe esconder la cabeza bajo el ala... La realidad no se puede secuestrar, ni enclaustrar por más tiempo... Esto ha subido de nivel... Al afectarme, como vicepresidente, puede crear problemas al Gobierno... Sé que aún hay más artillería guardada y por quemar... Yo me siento en la obligación moral de plantearte...». González frena en seco el descoyuntado discurso de Guerra. «No me plantees nada... No sigas por ahí... No quiero oir lo que me intentas decir». La argumentación de Felipe discurre por una doble senda: ¿Qué ocurre?: «Es una ofensiva de la derecha, pidiendo paso»; y, ¿cómo responder?: «Hay que retomar la iniciativa». Para Felipe, se trata de una campaña «a lo bestia», agitada y orquestada por la derecha. «Y no sólo política...»: «Pero esto no va contra ti, Alfonso... Esto va, por elevación, contra mí, contra el partido, contra el Gobierno... iestos tíos quieren el poder y vienen a por nosotros».

Felipe ve a Alfonso dispuesto a hacer una salida «heroica» del escenario político. Le disuade: «Este Asunto se zanja explicándolo en el foro adecuado, el Parlamento». «¿Y a nuestra gente?». «iPues te montas lo que sea y les das una explicación a los militantes!». Ahí se improvisa la idea del mitin en Sevilla. A los pocos días, 1-F, cuando Alfonso sube las escalerillas hacia la tribuna de oradores, se agolpa en su memoria una escena similar: también Felipe le dejó solo frente al Parlamento, cuando tuvo que subir a explicar lo del «mystére». Guerra hace su inconvincente discurso. Se le ve incómodo y ausente del papel que le ha tocado representar. Felipe, en el escaño azul, oye las intervenciones de la oposición. No hay que ser muy sensitivo para percibir que la atmósfera está sobrecargada de electricidad. «Esto no se ha zanjado. Esto no amaina...». Felipe y Alfonso, aunque sentados juntos, no cruzan ni media palabra. Felipe sabe que, «tal como se han puesto las cosas, Alfonso no sigue...» Sin necesidad de convocar los recuerdos, pondera «dieciocho años de amistad y quince de servicios y sacrificios, por los que Alfonso nunca ha pasado factura». Es demasiada deuda. Hay que pagar. 

Es, entonces, cuando decide encararse a la prensa y decir a los cuatro vientos que Guerra & González son un tandem, dos piezas en una, un destino indisoluble: «Si consiguen que el vicepresidente dimita, yo me iré con él». ¿Cabe decir más? Después, al arrellanarse en el asiento del Mercedes azul diplomático, camino de la Moncloa, pensará con cierto alivio de conciencia: «He pagado... a lo grande». ¿Seguro...? ¿Acaso Felipe hubiera seguido en el Gobierno, sin tener a Alfonso «preparando los guisos en la cocina»?

29 noviembre 2014

Codigo descuento VODAFONE

Dejar sin internet a millones de usuarios en todo el mundo le saldrá muy caro a RIM, que ya tiene bastantes problemas con mantener a raya a la competencia. Pero por el momento, son las operadoras las que ayer daban la cara. 

Si en un principio desviaban toda la responsabilidad hacia el fabricante del móvil corporativo por excelencia, más tarde reconocían que deberán «estudiar bien la situación para después proceder», como indicó Vodafone.

Vodafone siempre está al tanto de todos los percances que pudieran sufrir sus clientes, es también la compañía que ofrece los códigos de descuento de Vodafone online




El asunto es quién se hace cargo de las reclamaciones. Las asociaciones de usuarios señalan a las operadoras. «Si usted compra un televisor en una tienda y se avería, acude a la tienda, no al fabricante del televisor», explicaban en Facua. Tanto Telefónica como Orange o la propia Vodafone declaraban sus dudas sobre este punto.

Pero fuentes del Ministerio de Industria indicaron ayer que serán las operadoras las que deberán hacerse cargo del apagón de las Blackberry ante sus clientes. «La Carta de derechos de los usuarios de servicios de comunicaciones electrónicas obliga a las compañías a la continuidad en el servicio y al pago de indemnizaciones por interrupciones a los clientes que tengan contrato», explicaron en Industria. No hay exclusión de responsabilidad por fallos en los suministradores.

En concreto, la indemnización se calcula en función de la cuota de abono y otras cuotas fijas prorrateadas sobre el tiempo de interrupción, siempre que los cortes sumen más de seis horas entre las 8 de la mañana y las 10 de la noche, algo que se cumple en este caso. Así, en función del contrato que se tenga, las compensaciones varían entre 30 céntimos y 1,5 euros diarios en la factura del mes siguiente. «Una muestra -según Facua- de lo bajas que son».

RIM aseguraba ayer que el servicio se restablecería hoy. Pero ndió información sobre los usuarios afectados o la magnitud del problema en sus servidores. Al parecer, los fallos variaban en función del modelo de teléfono o los contratos, por lo que es difícil estimar cuál sería el coste de las indemnizaciones. 

La empresa cuenta con 70 millones de usuarios en todo el mundo de los que tres o cuatro se encontrarían en España. Eso sí, las operadoras no están dispuestas a pagar la factura y Orange, por ejemplo, reconocía ayer que sus servicios jurídicos ya estudian pedir posibles compensaciones al fabricante de Blackberry.