20 noviembre 2014

Lucinda atractiva y desamparada

Con esta su tercera novela, el escritor australiano Peter Carey ofrece su aportación original a una labor que estaba por hacer en la literatura: inventar Australia. En la segunda mitad del siglo XIX, Oscar, un joven clérigo anglicano, larguirucho y pelirrojo, cuya figura tiene «el desgaire de una pila de ramas secas amontonadas por el fuego», conoce a Lucinda, huérfana, bajita y atractiva, desamparada y rebelde. A los 18 años, Lucinda compra una fábrica de vidrio. A los 24, apuesta con Oscar toda su herencia a que él no conseguirá transportar por los territorios aborígenes la iglesia de cristal proyectada entre los dos. 

¿Cuál es la clave de esta rarísima historia? El vidrio, que a su vez simboliza la reunión, en un mismo cuerpo, de dos cualidades tan dispares como fragilidad y dureza. Cuando se le somete a temperaturas elevadas, el vidrio cambia de color. Primero blanco, luego rojo radiante. Según la presión que se le aplique, puede resquebrajarse o resistir, y si es vidrio verde de Melbourne, responderá de una manera y si es vidrio fabricado con arena blanca de Botany, lo hará de otra. 

Diversas muestras de este material paradójico atraviesan la novela como pistas que dejara el tema principal, a saber: el comportamiento de unos seres endurecidos y frágiles ante las pruebas de compresión que les propone el mundo inesperado. Teophilus Hopkins, temible padre de Oscar, predicador fundamentalista de principios estrictos y vida austera, es sin embargo un «adepto al sensualismo», que siente su blandura «como un temblor». 

Aunque divide a los hombres entre salvados y no salvados y cree literalmente que estos últimos arderán en el infierno, sus trabajos científicos sobre anémonas y coralinas emanan una desconocida transparencia. Oscar, un ser tan quebradizo que le suenan las rodillas al andar, lleva a cuestas la severa visión del mundo heredada de su padre. En cuanto a Lucinda, podemos atenemos a esta declaración de su mejor amigo: «Estaba admirado por su fuerza y conmovido por su fragilidad». Desde el principio sabemos que la iglesia de cristal llegó a su destino. 

No es la intriga de un final lo que nos hace seguir leyendo sino el privilegio de observar cómo reacciona el vidrio de cada personaje, cuál se resquebraja, cuál salta hecho pedazos, si hay por ventura alguno que no se rompe. Se ha comparado esta novela ganadora del «Booker Prize» en 1.988 con las de Charles Dickens, en atención a su estructura, amplitud y abundancia de personajes secundarios. La estructura de Oscar y Lucinda, sin embargo, me parece excepcionalmente rígida. El narrador, bisnieto de Oscar, carece de existencia propia, es solo un instrumento para crear la impresión de gesta concluída, con todas las piezas encajadas. De este modo, el autor se evita la tarea de trazar vínculos sutiles entre los capítulos. 

Bruscamente, cuando empezábamos a sumergimos en un suceso, somos desplazados a otra geografía y se nos impone la presencia de un personaje nuevo, simplemente por su calidad de jefe o fritura amante del protagonista. Ahora bien, como sucede con la iglesia de cristal, este armazón de hierro sostiene finas láminas traslúcidas, descripciones de laderas, hipódromos, muelles, abrazos, temperamentos, escritas en una prosa visual, resplandeciente de imágenes nuevas y al mismo tiempo, cortante, enumerativa, casi un «himno» a la yuxtaposición.

13 noviembre 2014

Talking Heads los más emblemáticos de los 80

A la imagen de David Byrne como artista interdisciplinar, reputado director cinematográfico, oscarizado compositor de bandas sonoras, no le cuadra en demasía el papel de chico rebelde y un tanto paranoico que lidera un conjunto de los que tocan en pequeños clubes para una audiencia fundamentalmente punk. 

Y, sin embargo, él es el cantante y cerebro de un grupo neoyorkino de los que se movían por el CBGB y que posteriormente logra abandonar la escena underground de la Gran Manzana para transmutarse en una de las bandas más emblemáticas de los ochenta: Talking Heads

Si existe alguna cualidad digna de reseñar en esta popband, ésta es la inteligencia a la hora de mezclar influencias tan diversas como la new wave, el funk, la música africana o el jazz, cuando han de ubicar cada sonido en su lugar exacto o cuando han de dotar de organización al descontrol. 

Esa claridad de ideas permite la creación de piezas tan memorables como Once upon a time o Psycho Killer y de introsprecciones tan poderosas como I zimbra o Life during war time. A partir de 1984, decae el aspecto creativo, iniciándose una domesticación de su música hacia pautas más digeribles. 

Esta decadencia ha culminado con su decepcionante Naked, lo que abre interrogantes sobre su futuro. Tom Tom Club, seudónimo de otros dos miembros del grupo, Chris Frantz y Tina Weymouth, editaron su último elepé con Lou Reed y Byrne, el cerebro, embarcado hacia más latas cimas, no sabe, no contesta.

06 noviembre 2014

Todos morimos alguna vez

Morir no es gran cosa. A todo el mundo le sucede alguna vez. Sólo es cuestión de paciencia. Carlos Arias Navarro pudo, por ejemplo, haber fácilmente muerto en aquel verano del 36, en el cual la violencia acumulada por un inmemorial odio de clases estalló por las calles de la Málaga rebelde. Eran tiempos en los que la vida humana no se cotizaba demasiado alto. No fue así. Sobrevivió a la cárcel, que, por dura que resultara, fue breve. Luego le toco a él decidir acerca de la vida y de la muerte de los otros. Y la cotización siguió bajando. No hizo uso personal de armas. Ejerció con competencia su función de fiscal de la Audiencia malagueña. 

Comunistas, anarquistas, simples republicanos, masones... Fue una carnicería espantosa que la ciudad no ha olvidado. Una generación entera de rojos fue ejemplarmente borrada de la faz de la provincia. No así de su memoria. Guardan para siempre, en su silencio, las ciudades huella de sus verdugos. Fantasmas o sombras en la lejanía de tiempos de los cuales no es posible ni hablar. Tiempo del exterminio sistemático, eficiente. Y, sin embargo, no es al ángel exterminador de la postguerra malagueña a quien guardaré, indeleble, en mi memoria. Ese no fue mi tiempo. 

Aunque su épica determinase esncialmente el propio mundo que sería el mío. La carnicería de Málaga es, al fin, para las gentes de mi edad algo que sucedió en la historia, que, como es sabido, es el tiempo exclusivo de los muertos. Escalofriante historia, que leímos en los libros y aprendimos a endosar en la cuenta infinita de la bestialidad humana. Lo otro no. Sucedió un 27 de septiembre de 1975. Los que estaban ante el paredón no habían sido aún trocados en héroes descarnados por el ala del relato histórico. La muerte en tiempo presente no deja lugar para el consuelo reparador de la leyenda. 

Los que murieron de espaldas al paredón tenían mis mismos años, vieron con mis mismos ojos un mundo idéntico al que yo veía, hablaron mi lenguaje -que es decir que sintieron exactamente del mismo modo en que yo siento, soñaron con mis mismos sueños en mis mismos panoramas urbanos. Eran los míos. Sin más. Y dejaron de existir de madrugada. Y yo sé -y sé que muchos de mi edad saben conmigo- que no olvidaré jamás aquella noche de septiembre. 

Él tramitó sus fusilamientos. No debió ser -para el viejo fiscal de Málaga- gran cosa. Un trámite menor, si se compara con la magnitud de aquello. Pero estos eran los míos. Simplemente. Serán necesariamente historia para otros. No para quienes teníamos entonces veinticinco años. Su muerte ahora nada cambia. No es gran cosa morir, a todos nos sucede. Y el pasado es atrozmente irredimible. Dice Borges que «sólo una cosa no hay, es el olvido».

30 octubre 2014

A Marcela Paoli le gusta despelotarse

Es la voz sensual, el rostro anguloso y el cuerpo tonificado de la célebre asesina Roxy Hart de Chicago. La última promesa en pulir su acento porteño para comerse la versión española del famoso musical de Broadway, en cartel desde el 27 de noviembre en la Gran Vía madrileña y hasta, de momento, el próximo mes de junio. 

Marcela Paoli (Buenos Aires, 1971) creció al frío de la dictadura de Videla, pero hoy encuentra sosiego en el público de la patria chica, que descubre atónita su excelso talento. La actriz no tiene billete de vuelta. «Aquí encontré al amor de mi vida», revela.

Pregunta.- ¿Era su sueño, como el de tantos argentinos, trabajar en España?

Respuesta.- Sí. A mí me gusta crecer personal y profesionalmente. Buenos Aires se me quedó pequeña. Sentí que no tenía motivaciones más allá de lo cultural...

P.- ¿Le influyó en su decisión el panorama político de su tierra?

R.- Creo que a mi país no se le atiende como se debería. Hay necesidades primarias y no tan primarias a las que se dan de lado.

P.- Aquí también se cuestiona a los Kirchner...

R.- Estoy cansada de la indolencia de los responsables del gobierno. El pueblo español sigue más de cerca a los políticos. Allí hemos tirado la toalla.

P.- ¿Qué diferencias encuentra entre la forma de trabajar en Argentina y en España?

R.- El nivel es el mismo. Acá y allá hay mucha gente talentosa, pero los proyectos se guían de forma distinta. En España hay más espíritu de equipo.

P.- ¿En qué otras Roxys se ha inspirado? ¿Quizás en el rol cinematográfico que interpretó Renée Zellweger?

R.- Éste es el papel soñado para cualquier actriz. Pero aún no he hecho cine, sólo escenarios. Me gusta especialmente Ute Lemper, una artista multifacética que también pinta, y también Ann Reinking.

P.- ¿Hay alguna actriz española con la que le gustaría trabajar?

R.- Me encantaría cantar con Ana Belén. La amo. Es una mujer extraordinaria (...). También me gustaría participar en una serie como Amar en tiempos revueltos.

P.-¿Pertenece a una saga de artistas como la de los conocidos exiliados Alterio o Botto?

R.- Mi familia nunca se dedicó profesionalmente a esto. Pero mi mamá participó antes de casarse en una escuela de ballet y mi papá formó parte de un cuarteto de música popular. Siempre tuve una veta por el arte.

P.- Parece una actriz muy disciplinada, ¿cómo se cuida?

R.- No soy nocturna. No fumo ni bebo alcohol, hago yoga y voy al gimnasio por temporadas. También ejercito la voz en casa. Para bajar la tensión, cuando llego a casa después de la función, ceno, me doy un bañito y me quito el maquillaje mientras charlo con mi novio.

P.- ¿Cómo valora su paso por la academia argentina de Operación Triunfo?

R.- OT vino a mi vida en un momento especial. Allí aprendí a dar clases. Me encantaría abrir aquí un taller de entrenamiento actoral y vocal.

P.- Gracias al programa saltó al papel couche...

R.-Sí (se ríe). Pero ya me había dado a conocer en los 90 en un programa infantil. También formé parte del elenco de Chicago en Argentina y ya allí hacía la cover de Roxy. Conocía muy bien la obra antes de venir.

P.- De su vida personal se sabe poco... ¿Hay algún episodio de la misma que merezca un musical?

R.- Estuve casada, pero me divorcié. Ahora estoy feliz, tranquila... emparejada con un español. Antes de venir aquí tenía un dinero ahorrado para comprarme un piano vertical. Pero en cuanto me enteré de las audiciones de Chicago en España preferí comprarme los pasajes. A los dos días de conseguir el papel de Roxy, encontré al amor de mi vida. Llevamos juntos desde julio.

P.- Entonces conoce bien al hombre español. ¿Qué le diferencia del argentino?

R.- Ambos son encantadores, pero ¡allí hay demasiado psicoanálisis!

P.- ¿Cumple con el tópico argentino de haber pasado por el terapeuta?

R.- ¡Síiiiiiii! (vuelve a reír). Lo tuve para conocerme más a mí misma. Como docente, me pareció fundamental para entender mejor a quienes me enfrentaba.

23 octubre 2014

Cuando Renee Zellweger estaba rolliza

He aquí a una actriz que no retrocede jamás ante el naturalismo, que es precisamente lo contrario de la divina naturalidad del arte. Digo actriz porque con ello se gana la vida, y hasta la fecha numerosos premios la han convertido en toda una celebridad. Desde mi punto de vista, Renée es, sin embargo, solamente una aplicada fingidora. 

El cine le proporciona personajes que ella, en vez de interpretar, imita ciega y literalmente. Y así, a tenor de su papel, antes que otra cosa, lo que le vemos es adelgazar y engordar después con el encarnizamiento de una boa tras haberse merendado un buey. 

Tan pronto pesa 52 kilos como 70; poco dura su ágil musculatura de bailarina en el musical Chicago, y menos aún su poderoso pandero filmado en primer plano bajando por la barra de una estación de bomberos en El diario de Bridget Jones. Todo este trajín de kilos y de tallas, este alarmante trasiego de una cintura de avispa hasta un torso de luchador de sumo, han conseguido que, al menos yo, la contemple como a un fenómeno de barraca. Haga lo que haga y se ponga lo que se ponga, la veo siempre en chándal y a la gresca con la báscula. La chica, que tenía una convincente vis cómica y unos mofletes dignos de mi admirada Dorys Day, queda oculta por lo más evidente: una piel macilenta y lacerada, con una textura parecida al linóleo, cuando está rolliza; o un aire de languidez mórbida, como de flor prensada en un programa de mano de ópera, cuando aparece flaca. 

A mí, la verdad, me convence más en su faceta, siempre inestable, de gordita a dieta. Todos tenemos una naturaleza íntima y contravenirla tiene consecuencias, si no dramáticas, sí muy ridículas. Cuando Renée, hija de padre suizo y madre belga, y que debe guardar en su genoma el estigma de la zampabollos, se pone estupenda, inmediatamente se le graba en el entrecejo un signo de perplejidad, una sombra de tozudez, una arruga de enfado que denota el hambre que está padeciendo. ¿Otra vez? Sí, otra vez. 

Entonces, me resulta ya imposible reconocerla como una leve beldad engalanada con un precioso vestido de iridiscentes lentejuelas color champán, sino que lo suyo, ese ser matérico y potelé, se superpone con insistencia y se me impone. No, Renée carece de estructura psicológica y física para la liviandad. Lo peor es que cuanto más se empeña en simularla, menos nos la creemos tampoco en su encarnación contundente y cordial. Interpretar no es imitar mansamente el aspecto exterior de un carácter. A esta confusión nos lleva, a ella y a todos, el actual culto por las imágenes inanimadas. Pero eso se cura con la edad, a veces, y yo confío en que si esta mujer deja de contar calorías y se pone a contar endecasílabos, salga la actriz que lleva dentro.

01 octubre 2014

Vuelve a llevarse el zapato plano

Algunos de puntillas, y otros totalmente apoyados en el suelo o dando saltos, 21 pares de pies se dejaron ver por debajo de una cortina en el desfile de primavera de Alta Costura de Viktor & Rolf.

Y es que ¿por qué la Alta Costura debe limitarse a materiales como la seda y la gasa? El látex, que se suele asociar a los hospitales y los sex shops, también se puede adaptar al cuerpo aportándole libertad de movimiento. En este desfile el material se drapeó y plisó, acariciando las delgadas siluetas de las bailarinas.

El único problema fue la falta de conexión entre las zapatillas de ballet y la tendencia principal de la temporada de moda de primavera: calzado plano, ya fueran sandalias o zapatillas de deporte. Desde que los zapatos arrebataran a los bolsos el papel de complemento indispensable, los tacones han ido subiendo en altura y también en nivel de complejidad. Sin embargo, ahora las mujeres quieren bajarse de ese pedestal.

Las plataformas son cada vez más gruesas y aparatosas, lo que ha provocado que las que las llevan (incluidas las modelos larguiruchas de las pasarelas) lleguen a tambalearse hasta el punto de casi caerse. El retorno de las sandalias planas se ha atenuado con la incorporación de pieles y plumas, lo que aporta un toque de glamour e, incluso, de extravagancia. Pero esta temporada se han dado pasos más atrevidos, especialmente en la colección de Chanel, en la que todas las modelos llevaban zapatillas deportivas y daban saltos por la pasarela, celebrando esta nueva e inesperada comodidad.

En la casa Dior, Raf Simons no se ha decidido a cambiar el paso totalmente, intercalando los zapatos deportivos planos con un calzado más convencional. Sin embargo, aunque las tendencias de la moda suelen tardar bastante en establecerse, no cabe la menor duda de que las mujeres se están rebelando en contra de los diseños que no les permiten caminar con soltura. Puede que se trate de un paso pequeño para el hombre, pero este es un gran salto para la mujer.

24 septiembre 2014

Subidas en tacones de 15 centímetros

Siempre las he visto como auténticas heroínas a lo Lara Croft, Catwoman o Nikita. Con auténticos superpoderes que les permiten soportar altas temperaturas a pleno sol enfundadas en sus trajes (de todo menos fresquitos), sentarse con habilidad con esas fantásticas pero aparatosas faldas (que parece complicado). También, son ajenas al picor y dolor que produce la tirantez del recogido del cabello con millones de horquillas, sin olvidarme, de los tacones que no se quitan en todo el día y el kilo de maquillaje. Como toda heroína empuñan un arma para defenderse de los villanos, el abanico, que les acompaña en la multitud de actos que tienen a lo largo del día: pasacalles, mascletá, comidas, desfiles, cenas de sobaquillo, ofrenda... 

Y siempre pletóricas. La Bellea del Foc y sus damas disfrutan cada día de Hogueras como si fuera el último. Ellas son las protagonistas y en las que miles de ojos se posan. Y durante todo este año lucirán el traje de novia alicantina que jamás volverán a usar, a excepción de las infantiles, que tendrán la oportunidad dentro de unos años si repiten como belleas adultas.

El traje de novia alicantina, creado por Tomás Valcárcel en los años 60, ha experimentado a lo largo de su historia multitud de cambios, pero la esencia es la misma. Según Rubén Hernández, indumentarista oficial de la Bellea del Foc, "los cambios los marcan los indumentaristas, antes las faldas eran muy cortas, a la altura de la rodilla, y el vuelo chafado. Ahora son más largas y las faldas van más hinchadas". Las recomendaciones del modisto es que no sean muy largas porque el cancán y el tejido van perdiendo apresto. De hecho, es la Federación de Hogueras la que marca el largo de las faldas, que tienen que estar a 15 cm del suelo, incluidos los zapatos. Pero, a pesar de las recomendaciones, Hernández asegura que "en los desfiles se ve de todo".

El corpiño es una de las piezas que más se ha adaptado, sobretodo, a las temperaturas. Antes, siempre estaban confeccionados en terciopelo, ahora Rubén Hernández explica que "se procuran hacer los corpiños más frescos, de raso o brocado en negro, pero no dejan de ser de manga larga y color negro, así que calor dan". Además, añade que "es importante que vaya bien ceñido al cuerpo para realzar el talle".

Pero, sin lugar a dudas, el golpe de vista lo tienen las faldas y las mantillas. Esta última es, para el indumentarista, la más laboriosa porque "en ella es donde más manos trabajan: la bordadora, almidón, pedrería…". Son de tul o encaje, en blanco o crudo, con tres picos. La altura delantera no supera los 10 centímetros.

El traje de novia alicantina consta de diversas piezas: debajo, medias blancas, las enaguas y el cancán; en la cabeza, la mantilla y la flor de azahar (que tiene que ser en cera), el corpiño, la falda y el delantal (siempre negro y redondo). Y los aderezos: pendientes, detalle en el cuello con motivo religioso, broche y abanico.