23 marzo 2012

Un narrador frío

Peter Handke (Griffen, 1942) ha venido siendo, para una generación, algo así como el hermano mayor superdotado, el aventajado que marcaba un camino y hacía muy bien todos los deberes: el teatro, la novela, el cine, el ensayo, el artículo, el dietario, el libro de viajes. Todo lo que nos gustaba. 

Con su melenilla, sus gafas y su bigote -su imagen más difundida-, parecía estar detenido en la cincuentena, en una madurez juvenil, con cierto aire entre posthippie y postrockero, aunque ese no fuera su rollo. Caemos en la cuenta de que este año va a cumplir los 70, que se nos ha hecho mayor, y eso nos indica abruptamente que el tiempo -algo que a él le interesa mucho- pasa deprisa y que todos hemos envejecido con él. 
Nada tiene que ver esto, supongo, con que yo me saliera de Quitt, en el Valle-Inclán, acabado el primer acto, que se me hizo eterno. No suelo abandonar los teatros, por respeto a los actores que están trabajando ahí delante, por eso esta fuga me ha dejado con mal cuerpo y, sobre todo, me ha hecho sentirme culpable. No sé si culpable y en falta por haberme ido o por no haber tenido los recursos para entender, aguantar o, incluso, disfrutar. Ya hablaremos. 

Peter Handke nació en una población de la Carintia, una región austríaca donde se hablaba el esloveno, la lengua de su madre, una mujer que -antes de volver a su pueblo natal- perdió a sus dos hermanos en la guerra y sufrió en Berlín a los nazis y, después, a los soviéticos. La madre de Handke se suicidó en 1971, lo que, lógicamente, supuso un tremendo trauma de por vida para Handke, reflejado con prontitud en su libro Desgracia impeorable (1972). La escritura de Handke siempre ha tenido un fuerte componente autobiográfico, experiencial. 

Educado en la escuela católica -hace unos años se ha hecho ortodoxo- y después de estudiar Derecho, Handke, a la muerte de su madre, era ya un escritor reputado, que, tras estar vinculado a grupos de vanguardia, se había establecido, sobre todo, como dramaturgo. Piezas como Gaspar y, especialmente, Insultos al público y El pupilo quiere ser tutor fueron antes y mucho después de los 70 obras de referencia, representadas por toda Europa. 

Aunque para entonces ya se habían publicado varios libros suyos en España, su primera novela, Los avispones (1966), escrita a los 24 años, no se editó entre nosotros hasta 1984. Fue en Versal, y gracias a aquel novelista y editor tan inteligente y exigente como fue el desaparecido Mauricio Wacquez. 

En Los avispones ya está todo lo esencial de la literatura posterior de Peter Handke empezando por el mismo esencialismo, y la sintética economía de las palabras, y un lenguaje depurado y muy bello, y unas atmósferas angustiosas y desnudas que proponen un existencialismo lóbrego, emparentado con lo kafkiano. En lo más estrictamente literario se respiran aromas del Nouveau Roman francés, aunque también podrían detectarse ecos de Martin Walser. 

El concepto de «lo nuevo» fertiliza y da propósito a varios movimientos literarios y cinematográficos por todo el mundo a comienzos de los años 60. Peter Handke se incorporará, un poco tardíamente (de forma epigonal, si se quiere), a uno de ellos, el Nuevo Cine Alemán, que había adquirido carta de naturaleza en 1962 con el Manifiesto de Oberhausen. 

En 1971, Handke, instalado por primera vez en París -ahora vive cerca, en Chaville-, publica El miedo del portero ante el penalti. El libro -que no va de fútbol- narra la historia de un obrero -que había sido portero, eso sí- repentinamente despedido y sumido en la perplejidad y la incomprensión de la realidad, un tipo en soledad que trata de encontrar respuestas e indicios de sentido sin lograrlo. Una problemática muy de Handke, de su actitud ante la vida y la política. 
Pues bien, Wim Wenders adapta, con el mismo título, la novela a la pantalla al año siguiente, y ahí se inicia la vinculación de Peter Handke con el cine. Con Wim Wenders, Handke escribirá después los guiones de Falso movimiento (1975) y El cielo sobre Berlín (1985), película que conocerá un sorprendente remake norteamericano en City of Angels (1998). 

Como todo es empezar, Handke aborda la dirección de películas. Ha dirigido tres: La maldición de la muerte (1985), La ausencia (1993) y La mujer zurda (1978), que fue la primera y la más conocida, la historia del desplome de una pareja, basada en una novela propia del año anterior. Son películas, más allá de su origen, de temple literario, en las que la lentitud y la contemplación se convierten en instrumentos para la indagación psicológica. La maldición de la muerte -¿qué decíamos del Nouveau Roman?- se basa en un relato de Marguerite Duras. 

Peter Handke tiene dos hijas, creo, y sus tres mujeres principales, incluida la actual, han sido, si no me equivoco, actrices. 

Hombre de izquierdas, que denunció el pasado nazi de Kurt Waldheim cuando accedió a la presidencia de su país y también el ascenso de la extrema-derecha en Austria, la imagen pública de Peter Handke se complicó por su personal posición ante el conflicto de los Balcanes. Su libro Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Moravia y Drina o Justicia para Serbia (1996) fue el inicio de varias incidencias y polémicas. Handke rechazó los bombardeos aliados sobre Belgrado y manifestó no ver a Serbia ni a Slovodan Milosevic -en cuyo funeral pronunció un discurso- como los malos -únicos- de la tragedia yugoeslava. No es fácil resumir su postura, y Handke ya no quiere hablar de ello, pues dice que su matizado punto de vista es siempre tergiversado. 

Un empresario sin escrúpulos engaña a sus socios y se hace con todas las empresas de su grupo industrial. Quitt, obra con 40 años a sus espaldas, trata de los desmanes y argucias de un capitalista para obtener el control, el poder, el dinero. Me pareció ver que los personajes eran marionetas sin espesor personal al servicio de la exposición discursiva de una tesis sin conflicto dramático real en el escenario. Ni esas ideas ni el mero lenguaje de la función sirvieron para retenerme en la sala. Con gusto leería un largo artículo que resumiera el análisis y la propuesta. Pero sentado en mi casa. Mea culpa. Bueno, o no.

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