10 mayo 2012

La revolución musical de Elvis

Fue un verano muy frío en Francia, tanto que entre el 29 de junio y el 8 de julio las heladas blanquearon la campiña y el 24 y 25 de agosto fueron días casi invernales con apenas 10 grados a pleno mediodía y lluvias persistentes en las regiones del norte. Algunos dijeron que la culpa era de Brigitte Bardot, que se había ido a rodar su primera película en los Estados Unidos, Un acto de amor, coprotagonizada por Kirk Douglas. Su ausencia vino a llenarla un librito adolescente.

Aquel verano de 1954 se escuchaba por primera vez la voz seca y rápida de un "pequeño monstruo encantador" que iba a provocar el escándalo. Con su novela Buenos días, tristeza Françoise Quoirez, una adolescente desgarrada entre los remordimientos y el culto al placer, se convirtió de la noche a la mañana en el best seller de la década con el nom de plume de Françoise Sagan. Calentaba el sol y las playas de La Riviera estaban llenas de venturosos cuerpos y de ejemplares de aquel librito amoral y maquiavélico. Su autora acababa de cumplir los 18 y ya estaba enganchada al desencanto: terrible e inconformista, miraba al mundo con distancia y un sentido del humor parecido al vitriolo. Como en Rimbaud, Raymond Radiguet u otros genios casi niños, lo que llamaba la atención en ella era su extraña lucidez. La sensualidad del verano, la vida fácil, los coches rápidos (como el Ferrari que pilotaba el campeón de F1 Juan Manuel Fangio), las residencias burguesas, el sol, una mezcla de cinismo e indiferencia no sólo eran los temas de su novela, sino también los dioses que conducirían su vida a los despeñaderos del exceso. Era una pobre niña rica que leía a Sartre, Marcel Proust, Paul Éluard, Camus y Rimbaud; pero lo bastante precoz para devorar también otras páginas sazonadas con más picante, como Historia de O, que la escritora francesa Pauline Réague acababa de publicar para seducir a su amante Jean Paulhan. Francia se escindía entre Camus y Sartre, entre la grandeur y la debacle de Dien Bien Phu, que acabó con su sueño imperial en Indochina.

Sólo el Tour seguía siendo el seguro asiento de su autoestima y Luison Bobet, El panadero de Saint-Méen, tras 4.669 km y 23 etapas, se alzó el 1 de agosto en París con su segunda victoria consecutiva, aunque en España se jaleó mucho más la gloria de Bahamontes, El Águila de Toledo, que se vistió en los Champs Elysées con el maillot rosa de la montaña. Aquí en España, el 14 de julio moría Jacinto Benavente y en México, solo un día antes, se apagaba una estrella llamada Frida Kalho. Pero en el Sur de los Estados Unidos nacía otra.

REVOLUCIÓN MUSICAL. Una tarde de julio, un joven guitarrista llamado Scotty Moore se detuvo en el 706 de Union Avenue, en Memphis (EEUU). Hacía meses que pasaba por allí para ver al propietario de Sun Records, Sam Philips, y convencerle de que grabara un sencillo de su grupo de hillbilly, los Starlite Wranglers. Sam Philips, que tenía 32 años y a duras penas mantenía a raya a sus acreedores, creía que se avecinaba un cambio, que algo iba a poner la música del Sur patas arriba. De momento, apostaba por el country de Johnny Cash y el rythm & blues de B. B. King, pero oyó hablar de un cantante de baladas que tenía posibilidades. Scotty Moore, que tenía 22 años y aspiraba a algo más que a pasarse la vida haciendo sombreros y tocando en clubes de mala muerte, aceptó la sugerencia de Sam de grabar algo con aquel teenager. Su nombre, Elvis Presley.

El domingo 4 de julio, Elvis llegó a casa de Scotty en su viejo Lincoln. Llevaba una camisa negra, un pantalón rosa, zapatos blancos y el pelo engominado en forma de pato. Junto a Scotty lo esperaba Bill Black, que tocaba el bajo. Elvis se encorvó sobre su guitarra y, con tesitura de tenor y una voz trémula y ansiosa, empezó a cantar fragmentos inconexos de baladas. Cuando se fue, dejó tras él las nubes de humo grasiento que desprendía su viejo Lincoln y la sensación de que no era nada fuera de lo normal. Pero sabía cantar. Sam Philips decidió hacer una prueba a aquel trío y grabaron doce tomas de I Love You Because, una bella balada de 1949 que Ernest Tubb había colocado en el número 1 de las listas de country. Pero no salió nada que valiera la pena.

Decidieron parar, ya era tarde y al día siguiente tenían que trabajar. Mientras tomaban unas coca-colas, Elvis se acordó de una canción que había oído años antes y empezó a juguetear con ella, a cantarla saltando y haciendo el ganso. Sam la reconoció enseguida. Era That's All Right, un viejo blues de Big Boy Crudup, esa música le apasionaba. Tal como el chico la interpretaba, transmitía frescura y exuberancia; una originalidad inocente y desvergonzada. Sam Philips fumaba un Chesterfield con una fina boquilla. Sabía que enfrente tenía algo grande. Aquel chico blanco sabía tocar y cantar con la pasión de los negros. Eran casi las 10 de la noche del lunes 5 de julio.

AQUEL MEMPHIS. Cuando Elvis se dirigió a su viejo Lincoln una brisa fétida llegaba del río. Condujo hasta la puerta del hotel Peabody, en donde se alojaba el novelista William Faulkner siempre que iba a Memphis; acababa de publicar Una fábula, por la que le darían el Pulitzer. En la calle los hombres llevaban panamás o canotiers, muchos iban en manga corta y tirantes, con los pantalones subidos por encima de la cintura, pero la mayoría vestía con finos trajes a rayas. Los negros cumplían calladamente sus habituales cometidos de criados, limpiabotas, barberos o botones. Elvis apagó la radio de su coche. Sonaba la cadena WHBQ, que emitía el programa de Dewey Phillips, una celebridad radiofónica que ponía los mejores boogies, blues y espirituales: Muddy Waters, los Soul Stirrers o Larry Darnell. Bajó del coche, dobló la esquina y se adentró en la bulliciosa calle Beale. Entró en el Drugstore Peabody, en la esquina de Union con la Segunda Avenida, y desde una cabina llamó a su novia Dixie y le propuso ir al K's de Crump Boulevard para tomar una hamburguesa y un batido de leche. Allí le contó que todo había salido bien. Luego la comió a besos en el coche y la dejó en su casa y él volvió a la suya.

Los Presley no eran pobres del todo, pero lo habían sido hasta que dejaron su natal Tupelo, Misisipi, cuando su único hijo tenía 13 años. Su adaptación a Memphis, la gran la ciudad, no fue fácil. Al padre, Vernon, le costó encontrar trabajo y los tres vivieron amontonados en cuartos de pensión hasta que pudieron instalarse en el 462 de la calle Alabama. En el verano de 1954 Vernon Presley estaba en paro por sus problemas de espalda y Elvis había dejado el Instituto Humes y trabajaba en Precision Tools, una tienda de suministros en la que ganaba 50 dólares a la semana. Aun así, tenían un piano y un televisor.

Al día siguiente Elvis no tuvo noticias de Sam Philips y estaba inquieto. Quedó con Dixie, se sentaron en el porche alargado con columnas de ladrillos de la calle Alabama. Elvis cantó Tomorrow Night y My Happiness, baladas tiernas, cortas y dulces. Luego fueron a tomar un batido en el Dairy Queen, y en el cine Suzore 2, en la North Main Street, en riguroso estreno, y entre beso y beso, vieron a Marlon Brando en La ley del silencio. Se querían, pero estaban decididos a no acostarse hasta llegar al matrimonio.

UNA CONMOCIÓN. Mientras tanto Sam Philips no había parado. Llamó al discjockey radiofónico Dewey Philips y, aunque no le gustaba pedir favores, le pidió que escuchara algo muy especial. Dewey lo citó en la radio, abrió una cerveza Falstaff, le puso un poco de sal y se sentó a escuchar mientras Sam Philips, nervioso, bebía Jack Daniel's sin parar. Dewey estaba fascinado y pinchó el disco siete veces a lo largo de su programa. La respuesta fue instantánea, recibió 114 llamadas y 47 telegramas.

Con todo aquel revuelo, Sam se dio cuenta de que tendrían que sacar otra canción y rápido, necesitarían una segunda cara para poder editar un sencillo. Cuando salió el disco, la cara B era Blue Moon Of Kentucky, que había sido un éxito de Bill Monroe. El disco se prensó el martes 13 de julio en la empresa Buster William's Plastic Products de la avenida Chelsea, en Memphis y, cuando el lunes 19 de julio se presentó oficialmente como el disco número 209 de la Sun ya se habían recibido 6.000 pedidos locales. Dos días antes, el sábado 17 de julio, Elvis había cantado por primera vez en público. El Bon Air Club, entre las calles Summer y Medenhall, tenía un público de rednecks (campesinos blancos) ruidosos y bebedores enamorados de la música hillbilly y dispuestos a la bronca. Elvis estaba paralizado de miedo. Salió airoso, pero sólo porque salió con vida. Para saborear las primeras mieles de los aplausos multitudinarios tuvo que esperar al 30 de julio. En el anfiteatro al aire libre del parque Overton habían montado un "baile hillbilly con baladas folk en un marco rústico".

EL DEBUT. Aquel viernes 30 de julio fue un día de mucho bochorno. Dixie vio a su chico temblando como un flan. Cuando Elvis subió al escenario y tocó el primer acorde de That's All Right, se levantó casi de puntillas y sus piernas empezaron a estremecerse. Era su manera de seguir el ritmo. El sonido era salvaje como un tambor de la selva y el público se volvía loco, cuanto más movía las piernas más enloquecía la peña.

Dixie tuvo la sensación de que a partir de entonces el mundo lo ganaría y ella empezaba a perderlo. Siguieron yendo al parque Riverside, siguieron tomando sus batidos en Ks y sus hamburguesas en el Leoanard's -para él con mucho ketchup- y luego se comían a besos en el autocine. El 7 de agosto la revista Billboard comentó el disco, y bajo el título "Talento" decía: "Presley es un cantante potente, un nuevo talento de gran poder".

Aquel verano no dejó de cantar, a veces llevaba su chaqueta de bolero y otras una chaqueta deportiva con rayas y cuello de terciopelo que se había comprado en Lansky's. El disco entró en las listas de Billboard el 28 de agosto y apareció en el número tres de la lista de C & W Territorial Best Sellers. El número 1 era Rock Around the Clock en la versión de Bill Haley and his Comets, no era la primera canción de rock, pero sí la primera en llegar al top del top. Decca y RCA Records, los grandes sellos discográficos neoyorquinos, tomaron buena nota de lo que estaba ocurriendo en el Sur aquel verano del 54. Ya eran pocos los que todavía no entendían cómo aquel tío de pantalón negro con raya rosa, el pelo engominado y la cara llena de espinillas armaba tanto alboroto. Había empezado la segunda mitad del siglo XX.

Cuando Elvis subió al escenario y tocó el primer acorde de That's All Right, se levantó casi de puntillas y sus piernas empezaron a estremecerse. Era su manera de seguir el ritmo. El sonido era salvaje como un tambor de la selva. Cuanto más se movía, más enloquecía el público.

EL LIBRO CD ELVIS (ED. TIMUN MAS), DE MICHAEL HEATLEY Y DEKE LEONARD, ACABA DE SALIR A LA VENTA.

NACE EL FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN. Aunque el año anterior se había organizado una Semana de Cine, fue en el verano del 54 cuando nació el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, organizado por el Sindicato de Espectáculos y el Ministerio de Información y Turismo, La primera película ganadora, Sierra Maldita, de Antonio del Amo.

PREMIO A AGUSTÍN LARA. El día de San Fermín, el alcalde en funciones de Madrid, Octaviano Alonso de Celis, entrega la Batuta de Plata al compositor mexicano Agustín Lara. El autor del chotis Madrid fue recibido en loor de multitudes por el pueblo madrileño. A Lara le esperaban en Madrid dos semanas de agasajos y, según la prensa de la capital, el cobro de suculentos derechos de autor.

SE IMPONE LA CRUZADA DE LA DECENCIA. El 6 de agosto, plena canícula, se constituye en Madrid la Cruzada de la Decencia, a favor del recato. Sus promotores llaman a integrarse a los sectores vigilantes y las fuerzas vivas de la sociedad. y se anuncia su extensión a todas las provincias bajo la tutela de los prelados de las diócesis.

ALEMANIA, CAMPEONA DEL MUNDO. Sorpresa en la final de la Copa del Mundo de Fútbol: Hungría, que ha goleado a todos sus adversarios en la fase previa, cae ante Alemania en el estadio de Berna (Suiza). Los ases magiares Puskas y Czibor marcaron pronto y el partido parecía sentenciado; pero remontaron los teutones con un gol de Morlok y dos del ariete Ranh.

SE ESTRENA LA STRADA. Federico Fellini logra su primer éxito internacional con el estreno en París, el 7 de septiembre, de La Strada, una fábula sentimental de las relaciones entre el titiritero Zampanó (Anthony Quinn) y la ingenua Gelsomina (Giulietta Masina, su esposa). El director había colaborado con Rossellini en el guion de Roma, ciudad abierta.

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