23 octubre 2014

Cuando Renee Zellweger estaba rolliza

He aquí a una actriz que no retrocede jamás ante el naturalismo, que es precisamente lo contrario de la divina naturalidad del arte. Digo actriz porque con ello se gana la vida, y hasta la fecha numerosos premios la han convertido en toda una celebridad. Desde mi punto de vista, Renée es, sin embargo, solamente una aplicada fingidora. 

El cine le proporciona personajes que ella, en vez de interpretar, imita ciega y literalmente. Y así, a tenor de su papel, antes que otra cosa, lo que le vemos es adelgazar y engordar después con el encarnizamiento de una boa tras haberse merendado un buey. 

Tan pronto pesa 52 kilos como 70; poco dura su ágil musculatura de bailarina en el musical Chicago, y menos aún su poderoso pandero filmado en primer plano bajando por la barra de una estación de bomberos en El diario de Bridget Jones. Todo este trajín de kilos y de tallas, este alarmante trasiego de una cintura de avispa hasta un torso de luchador de sumo, han conseguido que, al menos yo, la contemple como a un fenómeno de barraca. Haga lo que haga y se ponga lo que se ponga, la veo siempre en chándal y a la gresca con la báscula. La chica, que tenía una convincente vis cómica y unos mofletes dignos de mi admirada Dorys Day, queda oculta por lo más evidente: una piel macilenta y lacerada, con una textura parecida al linóleo, cuando está rolliza; o un aire de languidez mórbida, como de flor prensada en un programa de mano de ópera, cuando aparece flaca. 

A mí, la verdad, me convence más en su faceta, siempre inestable, de gordita a dieta. Todos tenemos una naturaleza íntima y contravenirla tiene consecuencias, si no dramáticas, sí muy ridículas. Cuando Renée, hija de padre suizo y madre belga, y que debe guardar en su genoma el estigma de la zampabollos, se pone estupenda, inmediatamente se le graba en el entrecejo un signo de perplejidad, una sombra de tozudez, una arruga de enfado que denota el hambre que está padeciendo. ¿Otra vez? Sí, otra vez. 

Entonces, me resulta ya imposible reconocerla como una leve beldad engalanada con un precioso vestido de iridiscentes lentejuelas color champán, sino que lo suyo, ese ser matérico y potelé, se superpone con insistencia y se me impone. No, Renée carece de estructura psicológica y física para la liviandad. Lo peor es que cuanto más se empeña en simularla, menos nos la creemos tampoco en su encarnación contundente y cordial. Interpretar no es imitar mansamente el aspecto exterior de un carácter. A esta confusión nos lleva, a ella y a todos, el actual culto por las imágenes inanimadas. Pero eso se cura con la edad, a veces, y yo confío en que si esta mujer deja de contar calorías y se pone a contar endecasílabos, salga la actriz que lleva dentro.

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