21 noviembre 2012

Bucarest destruido

Si se camina por Calei Victoriei, una calle ancha y gris ahora cerrada al tráfico, se puede tener algo del sabor de la antigua Bucarest. Naturalmente, tienes que desembarazarte de un empacho de Olivia Manning, la escritora de novelas de espías (¿estarán aquellos oficiales nazis en este bar? ¿Será éste el hombrecito del British Council?), pero enseguida podrás crear tus propias fantasías. Esos jóvenes de traje gris tan mal cortado, que dan numerosas vueltas alrededor del Museo del Arte, son sin duda miembros de la Securitate.

Sólo en Rumania podrían andar tan faltos de imaginación para poner a los policías de paisano trajes de calle idénticos. No están vigilando las obras de arte, evidentemente, sino el cuartel general del Partido Comunista rumano, al otro lado de la calle. Calei abajo, a la derecha, sobre una imponente escalera de piedra en el centro de una gran plaza, hay un espléndido café al aire libre.

Cansado, a mediodía, subo los escalones para encontrarme con un amable mayordomo. «Turistas no», dice con firmeza, «es para militares». Y añade que es el club de oficiales, que ocupa un solar de primera en el centro de la ciudad. Pero hay otras atracciones: el Hotel Atenea Palace, siempre de bote en bote y falto de encanto; el restaurante Capsa, repleto de arañas y sofás; el Capel cu Bere, con sus guirnaldas de flores.

Me aparto un momento y entro en la iglesia Stravopoleos, construida en 1720. Encama lo que se conoce como estilo Brincoveanu, llamado así por Constantin Brincoveanu, gobernante de Valaquia a finales del siglo XVII. La naturaleza de esta amalgama de mosaicos bizantinos y arabescos, junto con un tardío barroco renacentista y unos cuantos motivos populares autóctonos, son un preparativo de lo que ha de venir. En el otro extremo de Calei Victoriei, donde desemboca el ahora canalizado río Dimbovita, comienza el desvarío. Al otro lado del puente pueden detectarse las siluetas de las grúas en medio de una interminable procesión dé máquinas y hormigoneras.

Aquí comienza una ciudad nueva y monstruosa, que surge de la destrucción de la antigua Bucarest -una ciudad gastada, es verdad, y menospreciada, pero que era íntima y deliciosa. Siguiendo la nueva e inmensa avenida a la derecha, todavía en construcción, se levanta al fondo el enorme Palacio Nacional, una monstruosidad de catorce pisos. Un ejército de volquetes vacía montones de tierra sobre el terraplén y una veintena de gitanas se arrodillan a plantar y cuidar jardines instantáneos. Detrás, en el horizonte, una descarada colección de edificios en construcción.

Precisamente ante el palacio discurre otro amplio e imponente bulevar, flanqueado por una larga hilera de adornados bloques. Conduce a una descomunal plaza llena de fuentes. Alrededor de la plaza hay grandes almacenes altos (y vacíos) que recuerdan a Barkers y Derry y Toms. Por todas partes miles de personas -obreros, mujeres, soldados- trabajan, arreglando las molduras de los edificios y fijando el enlucido de las fuentes. Se encaraman también a los andamios de edificios, formando todos ellos otro nuevo bulevar que se extiende tan lejos como abarca la mirada, Parece una representación visual de lo que Marx llamaba «el modo asiático de producción».

La nueva ciudad del presidente Nicolás Ceaucescu, a punto de terminarse, supera a toda descripción. Es un desatino a escala gigantesca, la obra de un Ozymandias del siglo XX. Tiene algo del estilo de un decorado para una película extravagante y fantástica de. Hollywood. Podría ser la obra de un futurista italiano. Pero sobre todo trae a la memoria (como lo hace el nuevo metro que pasa por debajo) la visión de 1920 de Metrópolis, de Fritz Lang, una ciudad ideal cuyos habitantes se van volviendo enanos y pigmeos a medida que se desarrolla la arquitectura.

Así fueron una vez las antiguas catedrales medievales de Europa, construcciones diseñadas para mostrar la omnipotencia de Dios y la impotencia de los mortales. En este olvidado rincón de Europa, Ceaucescu, de setenta y tantos años, ha permanecido fiel a una concepción del futuro que era corriente en juventud. Un tiempo en que lo nuevo sustituiría a lo viejo, las máquinas harían el trabajo de los hombres, el punto de vista del proletariado arrinconaría a la decadente burguesía, y el comunismo, con las banderas rojas del optimismo, triunfaría sobre las incertidumbres de un capitalismo agotado y vencido. Pero el nuevo Bucarest de Ceaucescu no sólo está dolorosamente anticuado, sino que además es feo. La sombra de Brincoveanu se cierne convincentemente sobre las torpes balaustradas y las molduras gigantescas, ínfulas arquitectónicas que resuenan en la absurda albañilería de las fuentes. Ceaucescu pretende dejar una marca indeleble de su casi cuarto de siglo en el poder y lo ha logrado triunfalmente. «Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes. Mirad mis obras -iy desesperad!».

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