El Sr. Smith muere de viejo

Hubo un silencio, roto sólo por el discreto silbar del viento en los hilos del telégrafo y el suave murmullo que hacía al peinar la hierba. ¿Hasta ahora no hay preguntas? -inquirió el vagabundo, de un modo un tanto raro. No -dijo el Viejo. Lo que acabas de decir suena a moraleja bíblica. Es curioso que digas eso.

Mi padre hizo su fortuna fabricando cisternas para los cuartos de baño. La Cisterna Silenciosa Lamington. Iba regularmente a la iglesia. En su intimidad, se aferraba a las Sagradas Escrituras y no estaba dispuesto a renunciar a ellas por muy rico que llegara a ser. La parábola del camello y el ojo de la aguja siempre le había preocupado. De modo que cuando al fin se hizo lo bastante rico para que no le importase realmente saber cuánto tenía, mandó fundir una aguja en Wilkes-Barre, en Pensilvania. Recuerdo el día en que llegó, sobre quince camiones, y cómo soldaron las piezas... en el césped, bajo el balcón de la suite de papá.


Después compró un par de camellos en Egipto y todas las mañanas llevaban a uno de ellos a pasar por el ojo de la aguja; papá levantaba los ojos al cielo y decía: «Espero que estés mirando, Señor. Supongo que sabes por qué he llegado a este extremo». Y reía por lo bajo devotamente y le decía, como a un socio: «Que esto no salga de entre nosotros, ¿quieres?». No tengo ni idea de dónde está ahora. ¿Ha muerto? -preguntó el Viejo. Bueno, lo seguro es que no sigue vivo -dijo riéndose el vagabundo. De lo contrario yo no habría heredado. -Lanzó un hondo suspiro. No se fiaba de mí, así que me puso difícil el echar mano a más de mil millones de dólares antes de cumplir los cincuenta. Qué molesto -dijo Mr. Smith. ¿Cómo te las arreglaste? Os diré cómo.

Cuando me aseguré de que mis tres hijos iban bien en el colegio y mi mujer tenía una emocionate aventura con mi psiquiatra, simplemente desaparecí en el paisaje, y aquí estoy. Por suerte, de niño yo estaba loco por los trenes. Eran la única parte de la civilización con la que verdaderamente me identificaba. Solía tener un pequeño cuaderno con los números de las locomotoras, sus horarios e itinerarios, y he conservado esa información hasta hoy. De modo que viajo de acá para allá, a lo largo y a lo ancho de este gran país nuestro, evitando las ciudades, subiendo a los trenes en marcha y rodando por los terraplenes gracias a una técnica que desarrollé yo mismo. ¿Este gran país nuestro? -se extrañó el Viejo. Es la segunda persona que nos hemos encontrado que lo llama así, sólo que el otro estaba en circunstancias muy diferentes a las tuyas. ¿Mejores o peores? -rió el vagabundo, dando un oreo a sus dientes podridos. Bueno, eso se debe a que «este gran país nuestro» es una especie de estribillo que a menudo utilizan militares acusados de actos criminales o presidentes obligados a tomar medidas impopulares; pero sí, es grande.

Mira eso. Va clareando; sólo unas cuantas horas púrpura y un toque naranja en el cielo, como si la orquesta del día estuviese afinando. Hay tal sensación de fuerza en el horizonte, tal rumor de riqueza escondida en el suelo, se le siente tan seguro... Nunca me canso de deleitar mis ojos en él, y mis oídos, y lo que queda de mi condenada mollera. Si eres tan exultante por naturaleza, no veo para qué necesitas las drogas -observó Mr. Smith. El vagabundo volvió a reír por lo bajo.

¿Por qué supones que mi exultancia, si existe esa palabra, no es debida a las drogas? Las drogas son sólo una manera cara de empeorar un mal asunto. Eso es lo que tú crees. ¿Cuántos años tienes? -preguntó el vagabundo, empezando a mostrar el lado feo de su carácter. Soy algo mayor que tú -dijo con mucha calma Mr. Smith. -Apuesto a que no. Yo apuesto a que sí. ¡No lo eres! -gritó el vagabundo, con ganas de pelea. Vamos, vamos -intervino el Viejo. ¿Cómo puedes ensalzar así las maravillas de la naturaleza, en. un elogio del que varios de sus pasajes me han encantado, y al momento lanzarte a una disputa totalmente inútil ¡Porque tengo sesenta y ocho jodidos años! ¡Por eso! Para nosotros no eres más que un chiquillo. Sólo los niños utilizan lo que ellos imaginan que son palabras fuertes. Entonces, ¿cuántos años tienes tú? -preguntó el vagabundo, de pronto suspicaz.

Tantos que no te lo creerías. Sí, y somos aproximadamente de la misma edad -añadió Mr.Smith, en un elevado tono moralizante que esa información difícilmente justificaba. ¿Cómo es que a vosotros no os ha molestado mi olor? -preguntó sombríamente el vagabundo. ¿Por qué nos ibas a molestar? Fue Mr. Smith el que se tomó el trabajo de continuar la conversación, mientras el Viejo parecía desconectarse de ella. Adondequiera que voy, cuando me acerco a la gente, como ahora con vosotros, me dicen que apesto. A veces me enzarzo en peleas. Siempre gano. Los otros pueden ser más fuertes y más jóvenes, pero yo tengo este olor como el de una mofeta, que los deja fuera de combate, y siempre me salgo con la mía. -Los miró desafiante. Vosotros no habéis protestado. ¿Por qué? Ninguno de los dos tenemos sentido del olfato. Pero imaginación sí; y, ahora que lo dices, me imagino cómo hueles sin la menor duda. Debería darte vergüenza. Ya está bien. ¿Quieres pelea?

Estamos descansando. ¿Es que no lo ves? En mis tiempos maté a seis hombres. A seis y una mujer. Feliz tú que puedes contarlos. ¿Insinúas que tú mataste más? Yo no mato; hago que maten otros. A menudo por negligencia, pero no puedo estar en todas partes a la vez. El vagabundo interrumpió la charla y se dispuso a administrarse una dosis preparando los avíos portátiles que llevaba en su voluminosa chaqueta. No hubo conversación durante un rato, mientras Mr. Smith miraba a lo lejos, como ofendido. Fue el Viejo quien restableció el contacto. ¿Qué haces? Me dispongo a concentrar mi mente -replicó el vagabundo con salvajismo reprimido. Las vuestras están ya concentradas, y me siento como dejado al margen. ¿Concentradas? Sí.

Sois un par de cochinos viejos mentirosos. Usáis drogas lo mismo que yo, pues de lo contrario no hablaríais como lo hacéis. Voy a aplicarme una dosis para que podamos seguir una conversación normal. Y permitidme que os diga algo: hay una camaradería entre los miembros de lo que me gusta llamar la comunidad del camino de hierro, una especie de espíritu de pertenecer y compartir, del que vosotros dos, viejos bastardos, no sabéis ni un palabra. Todos nosotros compartimos cuanto tenemos: comida, bebida, marihuana, droga dura... Todos para uno y uno para todos. Nadie debe nada a nadie. El dinero, ese sucio cáncer de la sociedad, simplemente no existe. Somos como libros abiertos. Y eso es algo que tenéis que aprender si vais a viajar en los mercancías.

De lo contrario llegará un día en que todos os conoceremos, en que os habremos calado, y no hay nada tan fácil como empujar a un hombre fuera de un tren en un lugar donde no haya terraplén por el que rodar; lo mejor es un puente, o un túnel, o quizá cuando pase otro tren. ¿Qué tienes contra nosotros? -preguntó el Viejo. Estáis mintiendo. Tenéis secretos y no soltáis prenda. No seríais capaces de mirarme a los ojos. Sois taimados. Tomáis las drogas a escondidas. Probablemente sois una pareja de viejos maricas y yo os he interrumpido la cita, o como diablos lo llaméis. ¡Estáis intentando mantenerme fuera de vuetras vidas! ¡Deja ya de blasfemar! -exclamó Mr. Smith, con una estridencia que cortó los tímpanos del vagabundo como un bisturí. ¿Blasfermar? -se encrespó el vagabundo, que estaba justamente en el trance de aplicarse la dosis.

¿Quién os creéis que sois? ¿Dios Todopoderoso? No podemos ser ambos Dios Todopoderoso, y desde luego yo no lo soy. Vaya, ahora sí que te has pasado -dijo el vagabundo, recostándose mientras esperaba que le hiciese efecto la droga. El Viejo decidió actuar como influencia tranquilizadora. Tienes por naturaleza una imaginación tan rica, incluso febril, sin duda dotada con creces para ser millonario, que no veo para qué necesitas más estímulos.

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