12 mayo 2015

La elegancia de un torero

«Sus ojos paseábanse satisfechos sobre su persona, admirando el temo de corte elegante, la gorra con la que andaba por el hotel caída en una silla cercana, la fina cadena de oro que cortaba la parte alta del chaleco, de bolsillo a bolsillo, la perla de la corbata, que parecía iluminar con lechosa luz el tono moreno de su rostro, : y los zapatos de piel de Rusia dejando al descubierto, entre su garganta y la boca del recogido pantalón, unos calcetines de seda calada y bordada con las medias de una cocota. 

Un ambiente de perfumes ingleses, suaves y vaporosos, esparcidos con profusión, emanaba de sus ropas y de las ondulaciones de su cabello negro y brillante, que Gallardo se atusaba sobre las sienes, adoptando una postura triunfadora ante la femenil curiosidad. Para torero no estaba mal. Sentíase satisfecho de su persona. iOtro más distinguido y con mayor «angel» para las mujeres!...».

Eso era un torero y así describió Vicente Blaco Ibáñez a su Juan Gallardo, de «Sangre y arena». Rouben Mamoulian -que había nacido en Georgia, la de la Unión Soviética- al leer el retrato de un guión que, de la novela, había escrito Mr. Jo Swerling y que los chicos de la 20th Century Fox le dejaron en la mesilla de noche, no dudó en ponerle una cara: la de Tyrone Power. 

Pero hay otros toreros. «Era un mozuelo desmedrado, canijo y mal vestido, que se presentaba resuelto a jugarse la vida. "Los espectadores, viéndole tan poquita cosa, tan "senifiante", sintieron miedo e increparon a los toreros, a los "guindillas" del callejón y a sus colegas del Orden Público». También era un torero -«Currito de la Cruz»- y así lo retrataba su creador, Alejandro Pérez Lugín, «Don Pío», en el mundo de los toros y gallista de pro. 

«Como hombre era modelo de seriedad, circunspección y honrada conducta. Su natural rústico y tosco no excluía atisbos de caballerosidad ingénita, derivados de su carácter francamente hidalgo. Ni sintió la vanidad ni conoció la envidia. Se consideraba superior a todos sus compañeros, pero nunca hizo alarde de ello, ni incurrió en la ordinariez de humillarlos». Este era un torero de verdad, no de papel, nada menos que Pedro Romero, de Ronda. Que según Natalio Rivas -don Natalio- «llegó a los ochenta y cinco años sin sentir los achaques de la decrepitud y tuvo una muerte cristiana y ejemplar». Torero, toreador, diestro, taurómaco, espada, becerrista, novillero, picador, lancero, chulo, usía, mulillero, alguacilillo... Y quedan muchos más sinónimos, como lo demuestra la página 1078 de Sáinz de Robles, espejo y faro de lo peligroso que puede resultar un diccionario de lo que sea. Torero es toreador, es diestro y es espada. También es banderillero, rejoneador, matador, picador, peón -que no viene- o puntillero, pero no usía, capitalista o alguacilillo, que sí vienen. 

De los toreros hay muchos retratos y muchof0 escrito, desde las furibundas pinturas del entrañable Eugenio Noel -el torero es criminal, cejijunto, malencarado, chulo y sifilítico, y además origen de todas las desgracias del sufrido Ruedo Ibérico- hasta la descripción gloriosa que a Mamoulian -o a sus jefes de la 20th Century Fox- le llevó a pensar en la morena belleza de aquel mozo, Tyrone Edmund Power, nacido en Cincinnati (Ohio), que tuvo la extraña ocurrencia de morir en Madrid, en 1958, muy cerca de Nuestra Señora del Falso Mudéjar. De eso vamos a tratar, de los toreros, de los antiguos, de los que se esconden en la niebla de la leyenda o de los nuevos, quizá. Yo -en este caso el que hablará del cuento- sé algo por tradición, por lo que he oído y por lo que he leído o incluso leo. 

Sientó muchísimo utilizar la primera pesona -y hace falta ser ególatra para llamar primera persona a yo, cuando debiera ser la madre o el rey- aunque ya que estamos, así es. De muy pequeño me llevaron a los toros y fueron los responsables mi padre, mi abuelo Luis y también mi abuelo Federico Oliver, que escribió de toros, le gustaban los toros e hizo una comedia -o tragicomedia, decía él- antitaurina o tal vez antihispanocostumbre, llamada «Los semidioses». Pero fue la familia Mejías -los Bienvenida- quien me enseñó a ver los toros por dentro, con amor y sin vergüenza, sobre todo Antonio y el «Papa Negro» y Manolito, al que este niño, que ya es rancio, jamás olvidó.

Y hubo otro, un viejo y estirado amigo de mi abuelo, amigo también de academias y uniformes -don Natalio Rivas- al que oí hablar de toros, y curiosos personajes, que estuvieron en el medo, como Angel Carmona, «El Camisero» o Domingo Uriarte, que tenía un parietal de platino y fue artista «naif», o Simón. Zorrilla, pintor de puertas y paredes que quiso ser torero y debutó en Zaragoza o Emilio Serrano, sólo un aficionado que me daba un duro cuando era niño, don Paco Segovia -el caballero sin corbata- suegro de «Fortuna»: el que mató un toro en la Red de San Luis, o el mismísimo Gaona a quien vi en el Café Recoletos, riéndose con las cosas del Papa Negro y de Domingo Dominguín, el padre. De todos, de los toreros,. me gustaría contar algo. De lo visto, de lo sentido, de lo leído y de lo soñado, al menos ahora mientras suena el clarín y de rebote, copiando a la historia.

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