18 septiembre 2012

Las trifulcas cotidianas

Quedan pocos días para que se cumplan los primeros 93 años desde la apertura del testamento de Alfredo Nobel, que el científico sueco había dictado poco más o menos un año antes. Para ser exactos -muchas veces la inexactitud es consecuencia, sobre todo, de la pereza- el testamento se dictó el 27 de noviembre de 1895 y fue abierto el 30 de diciembre de 1896. Faltó pues poco para que la primera lectura de aquel testamento coincidiese con el Día de los Inocentes, aunque cualquiera sabe cuando se celebra esa efemérides en Suecia. Lo cierto es que había mucho dinero a repartir y que tal vez más de uno se quedó con un palmo de narices. 

Alfredo Nobel, en efecto, supo amasar a lo largo de su existencia una inmensa fortuna. Recordemos algunos de los grandes hitos de su vida: en 1863 empezó a fabricar pequeñas cantidades de nitroglicerina en un laboratorio que instaló cerca de Estocolmo y que no tardó en saltar por los aires, como consecuencia de una explosión en la que murió el hermano menor del inventor. 

Durante los años siguientes instaló nuevas fábricas y en 1874 estudió la posibilidad de cebar la detonación de la glicerina por medio del fulminato de mercurio. Concibió luego la absorción de tres cuartas partes de nitroglicerina en una materia porosa y dio a la mezcla resultante, mucho más manejable y menos peligrosa que la nitroglicerina líquida, el nombre de dinamita. En el año 1890, Nobel trasladó su residencia a San Remo y allí, demostrándose una vez más que los hombres mueren aunque el entorno sea hermoso y el clima benigno, murió de un ataque al corazón mientras trabajaba solo en el laboratorio. Un tipo de muerte que, en cierto modo, resulta lógica en quien, a lo largo de su vida, había sufrido tantos sobresaltos manipulando nitroglicerina. 

A la vista de su curriculum cualquiera podría imaginarse que el sueco fue un hombre de aspecto inquietante. Nada de eso. Le encontramos en un viejo grabado sentado plácidamente en un sillón tapizado de terciopelo azul, con la cabeza dulcemente apoyada en la mano izquierda y una suave mirada lanzada al frente, como si allí, a lo lejos, vislumbrase ya un futuro mejor para todos los hombres. Quien más, quien menos, todos tenemos una idea de lo que hizo con su fortuna. Instituyó los cinco premios anuales que llevan su nombre. 

Era un filántropo imbuido por los más altos ideales. Vivió obsesionado por la paz. Inventó, es cierto, la dinamita, pero estuvo convencido de que al hacerlo había rendido un gran servicio a la humanidad. «Cuando dos cuerpos de ejército colocados frente a frente, decía, puedan destruirse en un abrir y cerrar de ojos, se acabarán las guerras». Lo que aquel buen sueco no hubiera podido imaginar, sin embargo, es que conceder el Premio Nobel de Literatura a un español pudiese conducir a deleznables y antipáticas trifulcas domésticas. iEl, que tanto amaba la paz y la armonía entre los hombres!

No hay comentarios:

Publicar un comentario