26 marzo 2012

Es difícil engañar al cerebro

«Los seres humanos no vemos el mundo como es, sino como creemos que es o como queremos que sea». Los neurocientíficos Susana Martínez-Conde (A Coruña, 1969) y Stephen Macknik (Ohio, EEUU, 1968) intuyeron que la magia y el ilusionismo son unos excelentes instrumentos para comprender el funcionamiento del cerebro y cómo se crea la consciencia. Y qué mejor forma de comprobarlo que convertirse ellos mismos en magos. Así que esta pareja de neurocientíficos, que nunca había asistido a un espectáculo de magia, no dudó en hacer las maletas para recorrer todo el mundo y aprender las técnicas y trucos que utilizan algunos de los mejores maestros, auténticos expertos en el arte del engaño y la manipulación de la atención. 

Los resultados de su viaje por la neurociencia de la magia se recogen en Los engaños de la mente (editado por Destino), una obra que acaba de publicarse en castellano y en la que sostienen que los humanos nos engañamos constantemente los unos a los otros. Al hacerlo, aseguran los autores, «sobrevivimos mejor y empleamos menos recursos debido al modo en que el cerebro centra la atención en algo». «No es que sea difícil engañar al cerebro, lo difícil es no engañar al cerebro», afirma Susana Martínez-Conde durante la visita que los científicos realizaron recientemente a España, invitados por CosmoCaixa. 

«Nos dimos cuenta de que los magos lograban manipular la atención mucho mejor que los científicos», añade Stephen Macknik. Así que pensaron que si eran capaces de aprender sus técnicas, podrían hacer mejor ciencia: «Y funcionó», asegura. Hasta tal punto se metieron en este mundo que incluso llegaron a representar su propia función en el Magic Castle de Hollywood, uno de los clubes más prestigiosos. Ahora son miembros de varias sociedades de este gremio, como la Academia de las Artes Mágicas de Hollywood, de la que forman parte muchos actores. 

«Nuestros colegas neurocientíficos suelen reaccionar de la misma forma cuando les decimos que colaboramos con magos. Primero se muestran extrañados. La segunda reacción es preguntarse ¿cómo no se nos ha ocurrido antes?», añade Martínez-Conde mientras almuerzan en un céntrico hotel madrileño. 

Recostada en un gran sofá, tranquila y en silencio, les observa Nova, de cinco meses, la más pequeña de sus tres hijos. Iago, de cinco años, les acompañó durante sus viajes a congresos de magia. La pareja recuerda con especial cariño su visita a China en 2009 con motivo del Campeonato Mundial de Magia, un viaje en el que Susana estaba embarazada de su segundo hijo, y que hicieron junto a la Federación de Magos españoles. Aprovecharon para recorrer el país durante dos semanas: «Con 200 magos como acompañantes los vuelos fueron muy entretenidos. Aunque teníamos un poco de miedo. Pensábamos: si se estrella el avión, España se queda sin magos», bromea la neurocientífica. Entre los colaboradores españoles están Juan Tamariz y Miguel Ángel Gea, que destaca lo importante que para ellos es jugar con las expectativas del público: «Nos aprovechamos de todo», asegura. 

El cerebro, sostiene Martínez-Conde, ni es perfecto ni tiene necesidad de serlo. «Tenemos la ilusión de que nos enteramos de todo, pero no es así. Sólo vemos con nitidez una fracción pequeñísima del campo visual. No nos damos cuenta porque al mover los ojos juntamos todas las imágenes en una completa. El cerebro utiliza algoritmos para rellenar el resto, hacer inferencias y construir esta simulación de la realidad que todos experimentamos», explica. Por lo general, desechamos el 95% de lo que ocurre: «Tenemos ilusiones que nos ayudan a procesar el mundo y a sobrevivir». 

La mejor magia, sostienen los autores, no deriva de los secretos así que en el libro revelan qué hay detrás de algunos de los trucos más famosos. Eso sí, con una advertencia en cada pasaje para aquellos que prefieran no saber cómo consiguen engañarnos.

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