08 octubre 2012

Los mitos enterrados


Entre las priedras calizas de la tétrica ciudadela del faubourg Saint-Antoine, transformada en prisión de Estado por el cardenal Richelieu, quedó enterrado para siempre el mito de la Monarquía Absoluta. El último bloque de hormigón que los «vopos» desmonten junto a la puerta de Brandenburgo servirá de lápida al igualmente despótico mito del Socialismo Real.

Cuando todo un orden se desmorona, quienes están más cerca de la cumbre de la pirámide del poder suelen ser los últimos en enterarse. He ahí la imagen abúlica y somnolienta del ex ministro de Defensa de la RDA, sorprendido por la cámara en pleno bostezo, durante la última sesión del Politburó en la que toda una casta de chamanes se hacía, obligatoriamente, el harakiri. Sin embargo, esta vez la gran mayoría de los profesionales del análisis político deben -debemos- compartir el descrédito del despite, si no en el grado de Luis XVI, sí al menos en el del joven Lafayette a quien su tiempo apodó enseguida «general Morfeo», después de que el primer asalto al palacio de Versalles le sorprendiera en el más dulce de los sueños.

Ninguno de los más conspicuos observadores de la política centroeuropea, ninguno de los miembros de los innumerables tanques pensantes vinculados a las instituciones occidentales, ninguno de los especialistas y expertos destacados bajo camuflaje diplomático en la Europa Oriental, había profetizado una aceleración del proceso histórico similar al que súbitamente hemos podido presenciar. Nos ha tocado vivir una de las grandes ocasiones que vieron los siglos y una semana después aún queda entre nosotros un poco de incredulidad y hasta desasosiego, fruto del cambio súbito e incontrolado. Cuantos, de una manera u otra, formamos parte de un orden establecido corremos el riesgo de confundir la realidad de la vida con el pequeño o gran tablero de ajedrez que el azar ha puesto delante de nuestras narices. A base de tanto repetir la misma partida podemos terminar creyendo que las fichas blancas serán siempre blancas; las negras, negras; y no habrá más libertad de movimientos que la que el reglamento otorga a alfiles y caballos.

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