12 abril 2012

Asesinos y sin embargo amigos

La investigación no ahondó en este sentido aunque ella decía la verdad. El miércoles, un amigo común de ambos, Lorenzo Romero, lo confirmaba a Crónica en su casa, en Huelva. «Es cierto, ellos se conocían. Yo era amigo de los dos, formábamos un grupo de cinco personas. Los tres hermanos Del Valle, Juan, Pepe y Santiago, más El Boca y yo». Resulta ahora más inquietante saber que los cuerpos de Mari Luz y de Ana María aparecieron a 300 metros uno del otro. 

Tal era la amistad que unía a Lorenzo con El Boca que llegó a cobijarlo en su casa durante dos días mientras la Policía buscaba a Ana María. «Venía a comer y a ducharse. No llegó a dormir aquí. Lo noté muy tenso y nervioso, le pegó patadas a la bombona de butano cuando se acabó», cuenta. «¿En ningún momento le resultó extraña la actitud de José Franco?», cuestiona el periodista. «Sí, pero no le pregunté», responde. 

Lorenzo recuerda que uno de esos días, El Boca le dijo: «Primachi, acompáñame a mi casa a por comida para traérnosla a la tuya». La Policía, quien ya andaba tras la pista de José Franco, se presentó a las 9 de la mañana del día siguiente en casa de Lorenzo. Le llevó a declarar y le requisó las 30 películas porno que tenía. «Pensaban que tenía grabado lo que había pasado con la niña. Pero tengo la conciencia muy tranquila», dice. Dos años después compareció como testigo en el juicio. Nunca estuvo imputado, aunque los agentes sospecharon que pudo ayudar a transportar a la niña. Hoy reconoce que no le extraña nada lo que hizo su amigo. 

Pero, curiosidades de la vida, Lorenzo también se vio ligado con el caso Mari Luz. Mientras se buscaba el cuerpo de la niña, Rosa, otra hermana de Santiago del Valle que cumple condena en prisión por encubrimiento, acudió a su casa mientras la Policía vigilaba sus movimientos. «La conocía por ser hermana de mis amigos. Me pidió dormir aquí y dinero para un viaje. Pero no le permití entrar ni le di nada». 

La vivienda de Lorenzo tiene unos 50 metros cuadrados, es antigua, de muebles roídos. Un detalle choca al entrar. El dueño tiene instalada una red de 10 cámaras distribuidas por habitaciones y cajones que controla a través de la tele. Parece ser un obseso de la seguridad. El timbre también registra a todo el que llega. Dice que es para evitar robos. 
En el comedor, sobre una repisa repleta de figuras de porcelana, hay fotos de dos niños con problemas psicomotrices que van en silla de ruedas. «Son hijos de unos amigos. De vez en cuando les ayudo sacándolos a pasear. Los queremos mucho», dice Lorenzo junto a Asunción García, su pareja desde hace dos décadas, a quien le falta parte de la dentadura y quien fuma a destajo.

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