Los toros y el doctor

Madrid sigue siendo Madrid y vino El Fundi y se alzó con el trono no de Mesías, pero sí de profeta de sí mismo: una oreja de héroe y de sabio que Las Ventas aquilata y proclama. Madrid, este poblachón manchego, es mucho Madrid; o sea, la cátedra. Pocas plazas habrían podido calibrar el peso y el poso de la faena de Fundi; su inteligencia ante unos toros complicados, su plenitud magistral: la muleta en el sitio exacto y los terrenos definidos con ciencia matemática y geométrica. 

No sé dónde llegarán Juan del Álamo ni Víctor Barrio, pero el ejemplo de su padrino, con el corazón curtido por todos los temporales y malos tragos de una profesión grande, hermosa y perversa, debe hacerles reflexionar; esto de los toros es triunfar o morir. No hay vuelta de hoja: patria o muerte. Y la patria del torero es el toro. Ayer en las Ventas dos neófitos; uno que confirmaba y otro que tomaba la alternativa, y a los que llamamos, por afinidad litúrgica con misacantanos, toricantanos. Y un padrino, con trazas de arcipreste ceremonial y agrario.

Toricantano es término de viejos revisteros más que de taurófilos. Yo me resistí a usarlo hasta que leí un poemilla de Calderón de la Barca que dice: un toricantano un día/ salió a dar una lanzada/ de un su amigo apadrinado. La lanzada apuntó más al padrino que al toro y el padrino se cabreó. Ayer, el "su amigo" calderoniano era José Pedro Prados El Fundi, y el que se cabreó fue Víctor Barrio con Juan del Álamo. Había replicado Barrio el quite reglamentario de Juan del Álamo y este quiso entrar por segunda vez, impetuoso y racial aunque fuera de contexto. El toro, bueno y blando, no estaba para competencias en quites. Y Víctor Barrio frenó en seco a Álamo, con razón, pues se trataba de su toro. Naturalmente el padrino se abstuvo de quites cuando no era menester; se contentó con dictar una lección magistral en tarde de aprendices que deben mirarse en su espejo, en su honor de torero y en su raza de lidiador. 

Víctor Barrio, el cabreado y con razón, salió indemne tras una cogida que pudo partirle la madre y sólo le destrozó la taleguilla, hecha jirones.

Y Juan del Álamo, el suficiente, demostró una inquietante madurez. Toreros así, tan puestos y tan aprendidos, o triunfan pronto sin apelación o corren el peligro de llegar a la decadencia sin haber pasado por el esplendor. Barrio y Álamo salieron ayer de Las Ventas convertidos en matadores por derecho propio; pero con un porvenir incierto. Nos preguntamos a menudo qué es el toreo; mi educación trágica, decadente y esteticista me lleva por las sendas del duende, de los sonidos negros lorquianos y flamencos; me lleva al escalofrío del estoicismo. Pero cuando veo torear como toreó ayer el Fundi a un toro, que no sabía de estética ni cortesías, me digo: el toreo es eso.

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